Premios Óscar 2019 (nominadas)

Como sea que año tras año la ineludible cita con los premios cinematográficos por excelencia reúne toda la atención mundial en torno a sí, con una muestra de lo más destacado del cine estadounidense comercial, estrenamos este especial dedicado a repasar las películas nominadas al premio Óscar a la mejor película. Fuera quedarán los (a veces oportunos) debates sobre la importancia (verdadera o relativa) de estos Premios. Debate que queda casi invalidado per se desde su propio origen.

Estas son las películas nominadas, de peor a mejor:

8- BLACK PANTHER

black Panther

Sin duda, el mejor argumento en contra de estos Premios: cuando una película se cuela en las categorías principales más por el músculo de su productora que por su calidad real. La campaña de Disney ha sido brutal, y los académicos (no me corresponde a mí elucubrar por qué) han acabado aceptando que esta debía ser una película nominable.

Da igual que a la postre sea una película más de súper héroes, sin mayor novedad que una presunta temática racial, de tímida y superficial que se huele oportunista. Habrá quien piense que todo esto es secundario en una película de súper héroes de estas características (o acaso un añadido que solo puede enriquecer el guiso), y que lo que se le tiene que pedir es entretenimiento y calidad en la acción. Entonces, ¿por qué nunca estuvieron nominadas otras mejores como Los vengadores o incluso Los guardianes de la galaxia?

Y este es su mayor defecto: que ni la acción es buena, ni la dirección es tan firme como la de aquellas, ni posee el mismo ritmo, ni los personajes el mismo encanto. De hecho, prácticamente todo es fallido en esta película. Visualmente no se puede ser más hortera; la historia es la misma de siempre, pero ambientada en otro sitio; nadie posee el más mínimo carisma, ni el personaje principal, ni la gran mayoría de secundarios (algunos de los cuales, como el personaje de Martin Freeman, son de lo más lamentable, por inane, que recuerdo), por no hablar del antagonista, que olvido nada más acabar la película.

Al final, tenemos un producto autocomplaciente que se nos ha vendido como una cosa que, en el fondo, no acaba siendo, y que lo que debería de ser, en la forma, tampoco es. Ni siquiera la nominada banda sonora, previsible fusión orquestal con sonidos de instrumentos y cantos africanos, omnipresentes calimbas, mejora en algo el cóctel.

7- HA NACIDO UNA ESTRELLA

Ha nacido una estrella

También podría ser discutible cuánto de oportunista hay en recoger una historia de éxito ya contada, en este caso no una sino varias veces, y volverla a contar de nuevo. Desde luego, no seré yo el que tenga problemas con los remakes, siempre que estos sean un medio para aportar cosas nuevas, sea desde el aspecto formal, sea desde la actualización de los discursos.

En este sentido, la cinta de Bradley Cooper sale bien parada. Valoro positivamente la puesta al día de la película, tanto desde el punto de vista netamente musical (las canciones de Gaga funcionan), como incluso del visual, pues las personales soluciones visuales son todo lo efectivas que pueden ser. La cámara acaricia a los intérpretes cuando comparten escena, funciona tanto en el ámbito íntimo como transmitiendo la emoción del directo sobre el escenario (Bohemian Rhapsody podría aprender de ella), y padece el dolor de sus personajes cuando estos se hallan al límite.

En el ámbito actoral, Lady Gaga se adueña de la función de calle. Los narcisistas intentos de un Cooper empeñado en llevarse el relato a su personaje solo la empañan, hasta el punto de volverse tediosa, repetitiva y, por momentos, interminable.

Efectivamente, y por desgracia, el montaje no está a la altura y la sensación de tedio acaba fagocitando el filme, incapaz de aportarnos gran cosa en su segunda mitad. Nos queda, eso sí, un desenlace resuelto con extraordinaria elegancia y sensibilidad, que redime en parte a una película condenada al olvido.

6- EL VICIO DEL PODER

Vice

El director Adam Mckay vuelve a ver nominada su última película tras el afortunado periplo con la oscarizada La gran apuesta, película en mi opinión totalmente fallida. Como debe ser que hay gente en la academia que le ríe las gracias, McKay regresa al mismo formato para contarnos una historia que, en esencia, también es similar.

Ambas hablan de personajes de ambición y sin escrúpulos, que se han hecho a sí mismos a base de pisotear a los demás. Pero el didactismo de McKay molesta. Recuerda a Roger Moore: igual de pedante, pero sin gracia; formato semidocumental, pero teniendo que aguantar la pantomima artificiosa.

Por suerte, en este caso, existen diferencias fundamentales entre las dos películas: mientras que la amorfa La gran apuesta llegaba tarde, lastrada por la reciente presencia de una película eminentemente superior en todos los sentidos (El lobo de Wall Street), El vicio del poder se siente como un relato del pasado cuya temática se mantiene fresca y oportuna en la actualidad. Mientras que en aquella imperaba el histrionismo en los personajes, en esta, un Bale mucho más contenido y convincente es la figura principal en torno a la cual se articula el relato.

La estructura elusiva aporta originalidad a la forma, aunque particularmente no me termina de convencer. La sensación de artificio no me abandona, siento que la película me está pidiendo a gritos una complicidad que no termina de conseguir. Los constantes codacitos se me atragantan.

Al final, quedan unas entretenidas interpretaciones, entre las que por supuesto destacan un Christian Bale que se ha rendido a la moda de la mascarada oscarizable (Gary Oldman), pero también Amy Adams, cuyo personaje es probablemente el más rico de toda la película. Sin ella, no nos quedaría gran cosa.

5- BOHEMIAN RHAPSODY

Bohemian rhapsody

El fenómeno de la temporada es quizá un rara avis en esto de las nominaciones: una película que habría pasado totalmente desapercibida por la temporada de premios, a tenor de la fría recepción crítica tras su estreno, de no ser por el tan masivo apoyo popular y de la acertada campaña de su productora, Bryan Singer aparte.

El éxito es sorprendente, si atendemos a la calidad intrínseca de la película, pero fácilmente explicable: el material abordado es un caramelo. Probablemente no hay banda en el mundo más unánimemente disfrutada que Queen (más diría incluso que The Beatles). Por tanto, era muy muy difícil no conseguir un éxito rotundo como el que han conseguido, a poco que se hiciera un producto medio potable.

Pero ese es el problema: que es un producto, y que es solo medio potable. Es un producto porque los creadores parecen más interesados en meter canciones de éxito de la banda y momentos musicales varios que en contarnos una historia (saben que esto les basta a muchos), lo que es casi un descaro oportunista. ¿Alguien acaso se ha preocupado realmente de buscar una película tras la historia (no tan interesante) de Queen? Y es solo medio potable porque, a pesar de sus aciertos, que los hay, el deficiente guion y un aspecto visual demasiado descuidado (fea fotografía, horroroso croma en el clímax final) lastran sobremanera a una película que camina constantemente en la cuerda floja, entre el homenaje por el homenaje y la emoción propiciada por el material de base.

En este caso, me quedo con la sutileza con que se aborda la homosexualidad de Mercury y, sobre todo, con una interpretación principal absolutamente hipnótica de Rami Malek, que se echa encima una película mediocre, salvándola del infierno al que suelen caer relegados la gran mayoría de biopics. A pesar de todo, la película merece la pena sobre todo por él.

4- INFILTRADO EN EL KKKLAN

Blackkklansman

La reivindicación racial necesitaba de una mejor representante en esta categoría que Black Panther. Por suerte, por aquí anda Spike Lee para traernos esta cinta sin complejos y con muchísimo más oficio que ese producto prefabricado.

Infiltrado en el KKKlan se disfruta sobre todo por lo desprejuiciada que es. Spike Lee se sabe de vuelta y media y le da igual que le acusen de falta de sutileza o de ausencia de complejidad en su mensaje: él prefiere gritar alto y fuerte, sin concesiones. Y vaya si lo hace. Por el camino, algunas soluciones visuales brillantes: durante el discurso de Kwame Ture, la comunión de rostros superpuestos sobre un tenebrista fondo negro; o el montaje simultáneo de dos arengas antagónicas, hacia el final.

El exceso de discurso en la película es sin duda un lastre, pero también una característica de personalidad. Lo que la hace digerible es que Spike Lee no se olvida de ser divertido, de aportar ritmo a su narración. Se palpa verdadera tensión durante las incursiones de Adam Driver en el Ku Klux Klan, sin abandonar nunca el humor. Sus chistes sobre el grupo racista son unidimensionales, pero tampoco creo que fuera necesario aportar riqueza a semejantes seres. Ni desde luego es la intención de Lee.

Eliminada toda pátina de forzada complejidad, nos queda una película gamberra, dinámica, con un interesante apartado musical y unas actuaciones solventes. Sobraba, eso sí, el epílogo que conecta la realidad actual con la trama del filme, si bien el propio Spike Lee manifiesta haber hecho la película a raíz precisamente de esos mismos hechos que se muestran en pantalla. Cine denuncia en su más concisa (y limitada) versión del término.

3- ROMA

Roma

Está claro que si Bohemian Rhapsody ha sido el fenómeno del año para el público, Roma lo ha sido para la crítica. Ciertamente no es para menos: vuelve Alfonso Cuarón, uno de los mexicanos con más talento de su generación, y lo hace con su particular estilo para narrarnos una historia basada en su infancia.

Roma funciona como un reloj suizo en que todos sus elementos se hallan perfectamente engrasados. La preciosa fotografía en blanco y negro, evocadora de un pasado que se recuerda casi átono. Los actores, algunos no profesionales, resultan (quizá por eso mismo) absolutamente creíbles. El objetivo de Cuarón moldea el encuadre siempre de la forma más bella y pretendidamente estilizada posible, con total dominio del espacio, demostrando que es posible aportar belleza plástica con un simple giro de la cámara, o tensa emoción con un trávelin. El guion aporta verdad a un relato en que la textura de los idiomas cobra enorme importancia, en el que las pequeñas cosas se hallan cargadas de significado, y las grandes cosas son tratadas con sutileza y máxima elegancia.

Por el camino, y como telón de fondo, una sucinta exploración de la historia del México de los 70, que sirve de excusa para acompañar a Cleo en su drama personal, contado con el cariño del recuerdo y la suficiente inteligencia para hacer de su historia la de muchas.

Su sinceridad es admirable; su belleza, abrumadora. El lenguaje visual de Cuarón, como ocurría en Hijos de los hombres y, sobre todo, en Gravity, transmite una cualidad altamente humanista, lo que resulta totalmente adecuado en esta ocasión en que la historia tiende al intimismo. Cambio de registro del que Cuarón sale bien parado.

Por otro lado, el propio carácter de la historia narrada impide que esta tome vías más arriesgadas o excitantes, lo que me hace irla perdiendo en la memoria con el tiempo. Su ritmo también puede suponer un problema. Es una pena que una película tan apegada a las emociones humanas se sienta, al final, peligrosamente fría.

2- GREEN BOOK

Green Book

Para mí es sin duda la gran sorpresa del año. A tenor de su inicial premisa, y de la mayoría de los comentarios vertidos sobre ella, no esperaba sino un relato de predecible buenrollismo y mensaje mascado.

Pues resulta que lo es, sí. Pero que, a pesar de ello, Green Book funciona. Todo en ella es evidente y predecible: chófer prejuicioso pero de buen corazón que acabará redimiéndose poco a poco; compañero de viaje racializado que no soporta los rudos modales del chófer pero que poco a poco acabará queriéndole; una relación entre ambos en la que los dos acabarán aprendiendo cuál es el punto de vista del otro… Esa película ya la hemos visto muchas veces. Y además, nos adelantamos a ella. Quizá por eso resulte aún más milagroso que todo funcione.

El predecible humor funciona, en manos sobre todo de un Mortensen en estado de gracia (que venía de hacer un a mi juicio insoportable papel en Captain Fantastic). Ali también realiza el mejor papel que le he visto hasta la fecha, por sutil. Y ambos poseen toda la química que requería la historia.

El lenguaje narrativo de la película destila aroma a cine clásico, al de esos autores también poco sutiles en sus mensajes como Capra, pero a cuyos encantadores relatos me acabo rindiendo. La línea que separa lo encantador de la repelencia es muy fina, pero por suerte Farrelly, y en contra de todos mis temores, sale bien parado. Su apego a la sencillez se halla carente de cinismo; al contrario, Farrelly quiere hacer bien las cosas y encuentra en su forma de contarnos la historia el mejor vehículo posible.

1- LA FAVORITA

La favorita

En el lado opuesto a la sencillez de Green Book se halla el rebuscado y retorcido lenguaje visual de Yorgos Lanthimos. El griego ha ido forjando con el tiempo una voz muy particular, con preferencia por lo absurdo y por explorar el lado más oscuro de la condición humana.

La favorita lima la mayoría de sus defectos (algunos excesos que lastraban el metraje de El sacrificio de un ciervo sagrado) y profundiza en los aspectos más humanos y siniestros. El estilizadísimo lenguaje visual, con artificiales ojos de pez y grandes angulares, resalta la alienación espacial de los personajes, enclaustrados en un palacio asfixiante que están condenados a compartir. Al principio puede resultar ligeramente cargante y alejarte del relato; pronto se siente orgánico, puesto al servicio de lo que Lanthimos quiere contarnos, y ofreciéndonos una reflexión metalingüística en torno a unos personajes que nos son en esencia extraños, en tanto que extraño es también el pasado evocado.

La historia está cargada de empoderamiento femenino. No por algo sus tres principales protagonistas son femeninas. Pero, lo que es más importante, es que su feminidad ni es una cuota (se halla justificada por el relato) ni es una excusa, pues la película trasciende este asunto aportando una compleja personalidad a cada una de ellas. También, y casi sobre todo, cualidades negativas. Mención aparte merece el cuidado maquillaje: natural para las mujeres, totalmente artificioso y ridículo para los hombres.

El sutil humor negro también funciona, pero es de la mano de las tres magníficas intérpretes principales que se maneja con sutileza y credibilidad, cada una en su registro. Los duelos de vanidades y ambiciones resultan apasionantes en una cinta que explora los mecanismos del poder y cómo estos pueden conjugarse para generar procesos de autodestrucción. Cada una de las tres mujeres podría ser protagonista de su propia película, y en cambio sus historias convergen de forma natural, con la reina Anne interpretada por una Olivia Colman que huele a Óscar como núcleo irradiador.

Por poner algún pero, en determinado momento la cinta se queda sin mucho más que aportar y comienza a dar vueltas sobre sí misma. Pero el plano final resuena con fuerza, acaso como reflejo de la maldad intrínseca en los relatos de Lanthimos, o de una historia que es pasado pero que se reafirma en su doble condición tiempo-absurdo como reflexión netamente nihilista.

Carlos R. Hervás

Anuncios

Crónica Festival de Cine de San Sebastián 2018

San Sebastián 2018Son ya unos cuantos los años acudiendo puntual a esta cita anual con el cine. Permanece inalterable mi interés por el que, junto a Sitges, es mi evento cinéfilo preferido. Y todavía queda gente que se sorprende cuando, año tras año, remuevo cielo y tierra para asegurar mi presencia en ambos, o cuando les comento que las largas jornadas me permiten disfrutar de alrededor de cinco películas al día (y que no veo más porque a menudo el sueño acumulado hace mella). Obligado a dar explicaciones, suelo recurrir al tan manido “una vez al año no hace daño”. Pero, qué demonios, ojalá pudiera ser más de una.

El Festival Internacional de Cine de San Sebastián se presentaba, en esta su 66 edición, con una de las a priori más atractivas programaciones de los últimos años. A nombres como Claire Denis, Naomi Kawase, Carlos Vermut, Isaki Lacuesta, Kim Jee-Woon o José Luis Cuerda en su Sección Oficial, se suman cintas especialmente esperadas en diferentes secciones (Perlas es la más nutrida) como Pájaros de verano (Ciro Guerra y Cristina Gallego), Un asunto de familia (Hirokazu Koreeda) o First Man (Damien Chazelle).

Todo un lujo, aunque para la mayoría, a tenor de los comentarios generalizados, no se hayan cumplido las expectativas. Nada más lejos de mi opinión, acaso porque comprendo que no solo de obras maestras vive el cinéfilo, acaso porque detecto cierta autocomplacencia en el espectador con ínfulas medio que, cargado de experiencia, y necesitando la afirmación de un criterio propio solidísimo en función de una exigencia ilusa, casi necia, cree ver, un año tras otro, una Sección Oficial “especialmente floja”.

Analicemos, pues, lo visto en esta edición, ordenando lo visto de peor a mejor. Por supuesto, y como siempre, habrá de todo.

Asako

Asako I & II

Desde Cannes aterriza en la sección Perlas Asako I & II, lo nuevo de Ryûsuke Hamaguchi. Se trata de un film japonés que profundiza en la tan sobada por el mundo cinematográfico figura del doppelgänger a través de una (estúpida) relación amorosa entre la protagonista y dos personas de igual apariencia pero carácter opuesto. Hamaguchi juega a ser Hong Sang-soo y se queda en el intento. En esta cinta sobra ligereza (en ocasiones, nos sentimos asistiendo a un culebrón televisivo cualquiera de las cuatro de la tarde) y falta casi de todo: coherencia formal, guion mínimamente creíble, unos actores decentes… Aun queriéndola entender de manera alegórica o simbólica (van por ahí los tiros, no se me escapa), el intento es tan fútil y el viaje tan anodino que no merece la pena el esfuerzo de soportar a este trío de indeseables durante dos largas horas.

Tampoco alcanzo a disfrutar lo más mínimo de Dantza, la “película poética vasca” de este año que, como un cruce entre Baraka (Ron Fricke, 1992) y Flamenco (Carlos Saura, 1995), representa una historia silente de manera figurativa a través de los bailes folclóricos vascos de una popular compañía de danza regional. Se aguanta durante 10 minutos. A los 20, uno empieza a pedir la hora. A los 30, la acumulación de efectos especiales realmente chungos y de danzas que, por desgracia, no dan para aguantar una película de más de una hora, te obliga a huir.

Illang

Illang: La brigada del lobo

No obstante, estos no los puedo considerar fiascos porque verdaderamente no esperaba tampoco gran cosa de ellos. El caso de lo nuevo de Kim Jee-Woon es muy distinto. Del director de Encontré al diablo o de El imperio de las sombras esperaba más. Se trata de una nueva adaptación de la historia de Mamoru Oshii Jin-Roh titulada Illang: La brigada del lobo, una cinta de ciencia ficción que dibuja una distopía típica ambientada en un futuro no demasiado lejano de guerras por el conflicto coreano. Son demasiados los problemas que tiene Jee-Woon para narrar una historia que se padece absolutamente enrevesada, a pesar de que la trama política es, de hecho, simplona. A unos actores pésimos hay que sumarle unas escenas de acción demasiado rutinarias, una trama que no interesa y una acumulación de finales que exaspera. Las subtramas, lejos de sumar, molestan. Uno acaba deseando que las escenas de acción resuciten una función muerta. El momento no llega.

De Felix Van Groeningen no esperaba gran cosa, pero sí de una cinta que reúne en sus papeles principales a actores de la talla de Steve Carell y de Timothée Chalamet, uno de los actores del momento. Beautiful Boy es un drama sobre la adicción a las drogas en que un padre batalla contra el problema de drogadicción de su hijo. Supongo que no debe ser fácil esquivar el sermón cuando se aborda esta temática, y Beautiful Boy no es una excepción. Su desarrollo es rutinario, sus situaciones repetitivas y su escritura (que podría haber firmado Ronald Reagan) patéticamente discursiva. Los actores, efectivamente, salvan la función de la quema máxima. Pero no pueden hacer gran cosa ante una película que se acerca más al sensacionaliamo de American History X que a la sutileza de Arrebato.

El cuaderno negro

El cuaderno negro

Desde Francia nos llega El cuaderno negro, una película de la directora Valeria Sarmiento, montadora habitual de Raoul Ruiz. Se trata de una película de época en que una cortesana va pasando por diferentes manos cual Lazarillo de Tormes. A pesar de que durante la primera mitad de la película observamos una narración con cierto pulso, una ambientación que, basada en elementos sencillos de bajo presupuesto, convence, y escenas cargadas de erotismo, la intriga de misteriosas paternidades que comienza a vislumbrarse tras el ecuador del film hace aguas por todos los costados. Se suceden escenas intrascendentes y momentos directamente irrisorios (que arrancaron bastantes carcajadas no pretendidas entre el público), que culminan en un final inenarrable.

Naomi Kawase, la mítica directora japonesa, presenta en la Sección Oficial Vision, un drama con ínfulas poéticas y new age en el que ni la propia directora tengo muy claro que sepa lo que nos quiere contar. A una trama que va descubriendo su propia esencia a medida que se desarrolla (un drama familiar con saltos temporales) se unen elementos simbólicos que asocian lo humano con la naturaleza, tratada como un agente que determina nuestro destino. La filosofía de baratillo, para el que la quiera comprar. Mientras, ni Juliette Binoche ni Masatoshi Nagase salvan la función.

ALPHA the right to kill

ALPHA, The Right to Kill

La colección de películas a mi juicio fallidas la cierra la premiada por el jurado ALPHA, The Right to Kill, del filipino Brillante Mendoza. No alcanzo a compartir el entusiasmo del jurado hacia una película cuyo exotismo se limita a su localización, pero que no ofrece alicientes novedosos ni en la trama ni en su desarrollo. El estilo visual, con cámara en mano, pretende ser inmersivo, pero uno se acostumbra rápido al recurso, ciertamente manido, y si acaso acaba cansando. La fea fotografía no ayuda. El guion de Troy Espiritu se cree más inteligente de lo que en realidad es: son decenas las películas que han llegado a las mismas conclusiones por vías mucho más estimulantes. También posee evidentes problemas para conseguir que el espectador empatice con los problemas de sus personajes, a pesar de que se regodee en la miseria de su malogrado protagonista. El desenlace, supuestamente contundente y pretendidamente desolador, no solo le deja a uno frío sino que es previsible.

Mejor fue la acogida por parte del público de la cinta uruguaya La noche de 12 años, de Álvaro Brechner, recientemente escogida por Uruguay para representar a su país en los Óscar. Se trata de un drama carcelario (un género que siempre ha poseído especial aceptación) que narra la historia real de privación de libertad en régimen de especial aislamiento durante 12 años por parte de la dictadura militar de Uruguay a un grupo de Tupamaros entre los que se encontraba José Mújica. La situación terrible que narra está tratada por Brechner con especial rigor formal y el dibujo de sus personajes es sólido. Los actores trabajan especialmente bien. Los problemas vienen a la hora de insuflar ritmo a una historia en esencia monótona. A pesar de algunas escenas (directamente influidas por Cadena perpetua) que la aligeran, la cinta se atasca en su desarrollo hasta llegar a un final poco esclarecedor. Tampoco alcanza el nivel de belleza estética y de profundidad psicológica de cintas como Hunger (Steve Mcqueen, 2008). En definitiva, aunque estimable, no posee la suficiente fuerza como para trascender.

Angelo

Angelo

El film austríaco de Markus Schleinzer (habitual colaborador de Haneke) Angelo bucea inteligentemente en los orígenes del racismo en Europa. Nos cuenta la historia real de Angelo, un africano trasladado a Europa con 10 años en el siglo XVIII. Tratado como un ornamento, la vida de Angelo estará sometida a diversas vicisitudes relacionadas con su permanente otredad, de la que, no obstante, sabrá beneficiarse. El estilo en la dirección es seco, pausado, con largos planos fijos que recuerdan a su compañero Haneke y que mantienen una perfecta congruencia entre fondo y forma. En su desarrollo, Schleinzer no encuentra los suficientes elementos de interés, lo que sumado a su ritmo moroso repercute en una cierta antipatía hacia la película, que se siente demasiado cerebral. No obstante, se percibe una inteligencia expositiva estimable, que compensa el esfuerzo. Los minutos finales son especialmente clarividentes.

High life

High Life

Son varias las películas que colocaría en un peldaño inmediatamente superior a estas últimas. Todas estimables. Algunas, gratas sorpresas; otras, ligeras decepciones, a pesar de su evidente buen nivel (todo depende de las expectativas…). Entre aquellas de las que esperaba algo más, se encuentran Un asunto de familia, First Man, Cold War y High Life. Todas ellas, de directores especialmente reputados. Tanto en el caso de Koreeda como en el de Chazelle creo que se trata de obras menores dentro de su filmografía. El japonés vuelve a sus temáticas familiares para ofrecernos una intriga algo repetitiva. Chazelle, sencillamente, no encuentra el tono adecuado, ni penetra de verdad en el enigma que plantea. Lo demás, son florituras en la dirección que comienzan siendo realmente inmersivas pero que acaban fatigando, hasta llegar a un final anodino en el que no logra emocionar. Por otro lado, no soy especial fan ni de Pawlikoswki ni de Claire Denis, aunque les reconozco los méritos profesionales. Acaso por la temática, esperaba con especial ilusión High Life. Más cercana a Solaris que a 2001, durante buena parte de la cinta admiro su novedoso tono, que insufla aire fresco a un género demasiado manido. Hacia el final, la acumulación de absurdeces puede conmigo, aunque no tumba para nada el mérito de una cinta que ganará con las revisiones. De Cold War me cuesta disfrutar más, acaso por los mismos motivos que con Ida: su excesiva asepsis me hace alejarme de cinta, que siento demasiado cerebral. Aunque admiro su aroma a cine clásico, algo que Pawlikowski consigue especialmente bien a través de la puesta en escena y, en este caso, también por la naturaleza de la historia narrada. Es una película más que estimable, aunque no acabe de casar del todo con mis intereses.

Viaje al cuarto de una madre

Viaje al cuarto de una madre

Por otro lado, salí más que satisfecho del visionado de Yuli y, sobre todo, de Viaje al cuarto de una madre. De la nueva cinta de Icíar Bollaín no esperaba gran cosa. No soy apenas afín a su lenguaje, a las historias que a menudo nos cuenta la directora. Pero, para mi sorpresa, la película, una especie de Billy Elliot cubana despojado de la temática homosexual, funciona. El montaje intercala escenas del pasado del famoso bailarín cubano Carlos Acosta con escenas basadas en el presente en que Acosta se interpreta a sí mismo. A través de las coreografías, Acosta nos narra sus vivencias, que serán pertinentemente llevadas a imagen a través de constantes flashbacks. Bollaín y Laverty (premiado con el Premio al Mejor Guion) encuentran el equilibrio exacto para hacer que la historia funcione y que las escenas de coreografías, lejos de molestar, enriquezcan la historia. Destaca el personaje del padre de Acosta, una especie de Alfredo de Cinema Paradiso, motor para que nuestro héroe se mantenga siempre caminando hacia adelante.

En Viaje al cuarto de una madre se respira verdad durante todo el metraje. La cinta de la debutante Celia Rico merece la mayor de las atenciones. Por un lado, explora la relación maternofilial en un momento muy concreto: aquel en que los hijos han de abandonar el nido. Por otro lado, es un estudio sobre la pérdida y la soledad. Llena de matices, la cinta sortea inteligentemente los posibles peligros y evita caer en zonas obvias o que simplemente fuesen una distracción. Consciente de lo que nos quiere contar, Rico sustrae de la historia al padre de la familia, solo presente a través de los objetos, que cobran especial relevancia en el desarrollo de la historia. Mención especial merecen las interpretaciones de Anna Castillo, una de las actrices jóvenes más prometedoras del panorama actual, y de Lola Dueñas. Ambas se meten en un papel alejado de otros registros a los que nos tienen acostumbrados. Y el resultado no podría ser más satisfactorio. Finalmente, a pesar de ser una película pequeñita, el sabor de boca es de película importante.

In fabric

In Fabric

In Fabric es la nueva locura de Peter Strickland (Berberian Sound Studio). Se trata de una comedia de terror con un tono personalísimo. La premisa, inicialmente absurda (una prenda de ropa asesina) es tratada con una comicidad alejada de la comercialidad del cine americano (del que sobran las comedias de terror, producidas a espuertas). La creatividad que despliega no es habitual hoy día en el cine de terror, y en su locura y surrealismo, Strickland encuentra un lenguaje propio en que se siente cómodo. La estructura del filme, que suma dos tramas independientes unidas solamente por la ínclita prenda, funciona a pesar de presentarnos a un nuevo personaje a la hora de película. El sofisticado diseño de sonido y los montajes alucinógenos de imágenes hipnóticas dotan a la película de una personalidad virulenta. La reiteración en algunos elementos (la dependienta de la boutique) acaba saturando un poco, pero se compensa con el derroche de creatividad de que hace gala Strickland.

Tiempo después

Tiempo después

Vuelve Cuerda. Y vuelve por todo lo grande, retomando el estilo de la que para un servidor es su mejor película: Amanece, que no es poco, una de las mejores comedias de siempre. Es verdad que no todos los chistes de Tiempo después funcionan, y que ni tan siquiera su trama es muy original (véase High-Rise, de Ben Wheatley), pero es un placer observar que José Luis Cuerda, tanto tiempo después, mantiene intacto su humor, y gozamos viendo lo que se siente como un homenaje a su figura por parte de tantos cómicos y actores del momento. El reparto es irregular: no alcanzo a ver comicidad alguna en Roberto Álamo, pero me gusta mucho Manolo Solo; tampoco le encuentro la gracia a Blanca Suárez, pero por ahí está el elenco de Muchachada nui para compensar. Los chistes, en ocasiones se atropellan los unos a los otros, pero también esto era una característica de Amanece, que no es poco. En definitiva, una película obligada para los amanecistas, aunque posiblemente no todos los nuevos espectadores la disfrutarán por igual.

Pájaros de verano

Pájaros de verano

Ciro Guerra ya sorprendió en 2015 con esa especie de cruce entre 2001: una odisea del espacio y Apocalypse Now que era El abrazo de la serpiente, una de las mejores cintas de aquel año. Ahora, junto a Cristina Gallego, llega a Perlas su siguiente película Pájaros de verano, que nos narra la historia de los orígenes del narcotráfico en la Colombia de finales de los 60. De nuevo, se trata de una de las mejores que he tenido oportunidad de ver este año en San Sebastián. En esta ocasión, al estilo de El abrazo de la serpiente se le une una trama que tiene muchos más puntos en común con la serie Narcos, de cuyo ritmo también bebe en cierta medida. En ella, se estudia cómo la avaricia relacionada con el control del narcotráfico producía un choque con las costumbres indígenas en los pueblos Colombianos. La tensión entre vida moderna y tradición es el tema principal de una película por otra parte bella y emocionante. Si bien más convencional que su anterior cinta, Pájaros de verano se apoya en las constantes del subgénero de mafias, aderezado con algo de western, para ofrecer una cinta más digerible, aunque sin tanta elevación artística.

Quién te cantará

Quién te cantará

Lo mejor, por segundo año consecutivo, lo encontramos en la Sección Oficial. Al igual que en la edición anterior con The Disaster Artist, también era la película que esperaba con más ganas. Quién te cantará es lo nuevo de Carlos Vermut, cuyo anterior trabajo, Magical Girl, ganaría la Concha de Oro en su correspondiente edición. En esta ocasión, entre el jurado no se encontraba, como aquella vez, Pedro Almodóvar. Y es que el cine de Vermut no podría tener más en común con el manchego. Los nexos se amplifican en Quién te cantará, añadiendo a los elementos comunes referencias a Persona de Bergman, todo combinado con un lenguaje retorcido, con personalidad propia. Las historias de Vermut están articuladas en torno a unos personajes cuya relación a menudo se basa en los engaños y las mentiras, ofreciendo guiones circulares que tienden a cerrarse al final. En esta ocasión, Vermut narra la historia de una cantante de éxito que se enfrenta a una amnesia sobrevenida por un accidente. Para recuperar su identidad perdida, la protagonista deberá contactar con una imitadora para que le enseñe a ser ella misma.

Con esta premisa, Vermut retoma la idea del doppelgänger que traíamos a colación en la primera reseña, esta vez sí con cohesión narrativa y acompañada de un lenguaje visual especialmente cuidado. De hecho, cabe destacar su evolución visual con respecto a cintas anteriores. Si bien la cinta pierde la frescura de Magical Girl, se acerca mucho a ella ofreciendo otros alicientes, como una mayor complejidad psicológica o unas interpretaciones incluso más pulidas. A destacar, una inmensa Eva Llorach que huele a Goya. La temática de la pérdida y suplantación de la identidad es especialmente profunda en ese juego de cantantes en que todas quieren ser lo que no son, y ninguna sabe muy bien quién es en realidad. Si bien el personaje de Natalia de Molina, interpretado con enorme solvencia por esta actriz de sobrado talento, desentona un poco, se antoja crucial como motor de una trama que se desarrolla con precisión de cirujano. Solo por esta cinta, el San Sebastián de este año ha merecido la pena. Le deseo la mejor de las suertes en la carrera de premios.

Carlos R. Hervás.

Documentales de Óscar (2018)

Retomamos el especial de los largometrajes documentales nominados al Óscar para hablar de los de esta 90 Edición, una remesa de cinco trabajos con sus más y sus menos (como siempre), pero interesantes en cualquier caso.

Como suele ocurrir, hay notables ausencias. Este año, la más sonada es el documental Jane (Brett Morgen), que venía avalado por nominaciones en casi todos los premios anteriores, en más de uno incluso ganando. Cuesta explicar su ausencia sobre todo en función de la nominación de alguno más mediocre, como Ícaro, del que hablaremos más adelante, y en la que imagino habrán influido factores políticos. También cuesta explicar la de City of Ghost (Matthew Heineman), el nuevo documental del director tras su brillante Cartel Land, que ya comentamos en Back to the Cinema en su momento, aunque imagino que no había hueco para dos documentales de temática similar (Last Men in Aleppo).

Así, una de las categorías que se ha permitido más licencias políticas (o las ha mostrado con menos tapujos), viene en esta Edición dominada por un factor determinante: Trump. Observo que se está produciendo un punto de inflexión en el cine de los últimos años tras la llegada (desde los prolegómenos de la misma, en realidad) de Trump al poder. Las temáticas cada vez son más políticas, los documentales retoman historias de guerra en las que está presente la crítica (¿miedo?) a Rusia, el cine de terror comienza también a permear a temáticas en favor de las minorías (el ejemplo de Get Out es paradigmático)… Si este punto de inflexión tendrá la misma relevancia e influencia cinematográfica como lo tuvieron en su día, por ejemplo, el 11S o la Guerra Fría, está por ver, y es algo que sin duda se estudiará de aquí a pocos años.

Comentemos pues, uno por uno, los cinco largometrajes documentales nominados este año, ordenados en ranking de peor a mejor:

5- Ícaro (Byan Fogel)

Ícaro

La poca experiencia tras la cámara de su director sale a relucir en este torpe documental que intenta narrarnos los entresijos del reciente escándalo de dopaje del equipo ruso de atletismo.

Los rusos vuelven a ser los malos (y probablemente así sea) de la historia, aunque la película se cuida mucho de hacer ver lo universal del problema del dopaje, comenzando por la figura del propio Armstrong, para enlazar con el pasatiempo del director: el ciclismo. Esta visión es lo verdaderamente interesante de la historia que se pretende contar, ya que es un problema que se viene arrastrando desde hace décadas en muchos deportes de competición.

Y digo pretende porque son más que evidentes los problemas con la narración, al intentar armar un relato interesante durante dos largas horas sobre este tema. El primero y más evidente es de estructura. Pareciera que el guion haya sido escrito sobre la marcha, a medida que iban ocurriendo los hechos, sin mayor preparación que la de una primera y tediosa hora en la que el director y protagonista se pretende “infiltrar” en el mundo del dopaje (a lo Super Size Me) para demostrar lo fácil que es y los buenos resultados que se obtienen. Casi da hasta pena cuando se le agota la idea y se ve obligado a abandonarla (y no volver ni a mencionarlo) por otra trama afortunadamente mejor: la del propio Rodchenkov, que durante la primera mitad había estado a la sombra del experimento fallido.

En este momento la película gana enteros. Rodchenkov, de forma bastante sorprendente, quema sus naves y se hace dueño absoluto de la película, ayudado por una extravagante personalidad y por su manera de exponer sin pelos en la lengua cómo eran las prácticas que seguían en su laboratorio de Rusia para falsificar los resultados de los test antidopaje. Fogel, ahora sí inteligentemente, se centra en sus revelaciones y en el escándalo que estas desatan, armando una suerte de thriller documental a ratos fascinante.

Lástima de esa primera hora de película que aporta poco y de los evidentes problemas de Fogel al narrar la historia sin rumbo ni dirección.

4- Last men in Aleppo (Firas Fayyad, Steen Johannessen)

Last men in Aleppo

Quizá el más polémico de todos sea este documental rodado por los famosos cascos blancos de Siria, cámara en mano. En la misma línea que el anterior, se aprovecha la guerra civil en Siria para incluir a Rusia de por medio. De nuevo, probablemente también sean los (o uno de los) malos de esta película, aunque aquí me temo que tanto EE.UU. como la UE tienen mucho que callar.

La sola existencia de este documental se antoja ligeramente redundante, sobre todo por el hecho de que ya hubo una película el año pasado, que además recibió el Óscar a mejor cortometraje documental, que narraba esto mismo, y quizá con mayor solvencia y concisión.

Por otro lado, esta película trata de aportar un lado más humano a la historia de la Defensa Civil Siria a través del seguimiento de su día a día, no solo durante las misiones de rescate, sino interesándose por sus familias, por sus preocupaciones, incluso, por qué no, por la dimensión política del conflicto.

Parece que esto último le chirría a más de uno, a tenor de lo enormemente polarizado que están los que lo han visto. Los cascos blancos vienen sufriendo una campaña de desinformación viral brutal por parte de sectores afines a Rusia, acumulando supuestas pruebas de que son o apoyan a grupos terroristas. No hace falta bucear mucho en la web para ver que ya casi la mayoría de búsquedas que arrojan los cascos blancos en internet son para hacerse eco de estas noticias. Vivimos en la época de la posverdad periodística, y este, el periodismo, comprendido como un poder de enorme trascendencia para manipular a las masas, cada vez posee menos escrúpulos a la hora de hacerse eco de según qué cosas, con evidentes intereses económicos mediante. De poco sirve que el Ejército Libre Sirio ya haya tenido que echar de Alepo a grupos terroristas, o que los cascos blancos insistan una y otra vez en que no son un grupo armado. La campaña de desprestigio posee dimensiones extraordinarias (por lo que veo, hasta el artículo de Wikipedia de la guerra civil Siria se encarga tristemente de reproducir la campaña mediática de Al-Asad como verdad al hablar sobre los cascos blancos), y supongo que ningún documental va a conseguir lavar esa imagen.

Evidentemente, a mí no es esto lo que me molesta de la película. En cambio, reconozco que tengo cierto reparo con el periodismo de guerra, en general. Esa fina línea que separa la denuncia pública (es necesario que todos conozcamos lo que está ocurriendo, que no miremos para otro lado) del sensacionalismo. Me incomoda enormemente ser testigo de esta guerra en Last Men in Aleppo, y no solo porque esté rodado con la clara intención de impactar, sino porque me hace sentir un cínico ser testigo de estos horrores desde la tranquilidad del sofá de mi hogar. Además, también siento que se me está manipulando más de la cuenta.

Por otro lado, existen ciertos problemas narrativos que redundan en un ritmo irregular y devienen en ligero aburrimiento, supongo que en parte por la naturaleza monótona del terrible conflicto reflejado: caen bombas, vamos a rescatar a bebés de los escombros, cae otra bomba, vamos a rescatar bebés de los escombros…

Pero como hablar de este documental en términos netamente cinematográficos también me hace sentir cínico, acabaré la reseña comentando que la parte final del documental hace reinterpretar la narración previa en un giro interesante vertebrado por la historia de uno de sus protagonistas. Y es entonces cuando el metraje adquiere sentido estructural (era un poco exasperante la sensación previa de estar viendo desgracias constantes sin un objetivo claro) al trazar un paralelismo entre la muerte de este personaje y la caída definitiva de la ciudad de Alepo en manos de Bashar Al-Asad.

Cuanto menos, no dejará indiferente a nadie.

3- Abacus: Small Enough to Jail (Steve James)

Abacus

El director de la alabada Hoop Dreams (1994) nos trae este nuevo y valiente documental sobre un pequeño banco chino en EE.UU. y el escándalo judicial al que se han visto abocados. Y digo valiente porque hay que tenerlos cuadrados para hacer un documental que defiende la honradez de un grupo de banqueros, quizá la profesión más impopular actualmente junto a la de político. Y encima con el famoso argumento de “yo no sabía nada, esos asuntos los llevaban otros”. Con la que está cayendo.

Abacus es un banco que opera en Estados Unidos creado por y para migrantes de origen chino. Se nos presenta brevemente la historia de la familia que lo gestiona y en seguida el escándalo: Abacus es el único banco acusado y procesado formalmente por sucesos relacionados con la crisis hipotecaria que devino en crisis económica mundial en 2008. Lo interesante del documental es el relato que arma del fuerte contra el débil: a pesar de la cantidad de bancos implicados de facto en problemas relacionados con la crisis y la venta fraudulenta de hipotecas, el único imputado ha sido el banco número dos mil y pico del país. Lo suficientemente pequeño como para pagar los platos rotos.

Se monta toda una trama judicial en torno al caso que, sinceramente, no me interesa demasiado, pero sí en aquellos puntos en que se le otorga una dimensión familiar (el banco es propiedad de la familia protagonista) al proceso. Y lejos de resultar maniqueo o parcial, se le da voz a todas las partes, acusación y defensa, aunque obviamente el documental toma parte por la familia de banqueros, cuya historia vertebra la trama.

Por otro lado, si la película comienza presentándose insinuando que el banco pudiera ser un cabeza de turco del Estado, hábilmente deja ese asunto aparcado hacia la mitad (acaso porque no es capaz de demostrar tal cosa) para centrarse en la historia humana detrás de la acusación, consiguiendo con esta estructura hacia lo íntimo una mayor identificación con la historia y sus personajes, y una reivindicación sutil de las minorías, ofreciendo un halo de esperanza final en tiempos de Trump (un tipo casualmente obsesionado con China).

Sobradamente digno, y aunque reconozco que no me suelen interesar demasiado los documentales sobre banca (Inside Job, Enron…), Abacus aporta matices humanos que enriquecen el conjunto.

2- Strong Island (Yance Ford)

Strong Island

El debut de la directora Yance Ford es un relato biográfico que gira en torno a la muerte de su hermano y la posterior impunidad de la persona que lo mató. No es solo esto: es la historia de una familia, es una recreación criminal, es una historia de racismo… pero sobre todo es un potente retrato de la pérdida.

Con una voz y una mirada pausada, con quietud y con la sinceridad que desprenden los frecuentes primeros planos de su directora, se nos cuenta la historia de una familia de clase media de raza negra en EE.UU. Fluyen los recuerdos, pero los personajes son como presencias fantasmáticas, como si ya no estuvieran allí. Con la confianza y la cercanía intimista improbable de ser tú misma quien narra tu propia historia, vamos conociendo los hechos en boca de los distintos familiares y de los amigos de la víctima. El relato es a veces lejano y a veces conmovedor. El manejo de la cámara remite al Errol Morris de The Thin Blue Line o de la reciente e igualmente magistral Wormwood, a la que recuerda ligeramente por estructura y temática. Son palabras mayores. Recordemos: se trata de una ópera prima.

La narración del crimen es pequeña, una historia algo limitada a la que es difícil extraerle demasiados flecos, y aunque es la base de todo, no es lo más importante. Por suerte. Lo verdaderamente interesante es cómo narra cada familiar sus vivencias en torno a la tragedia, cómo se repone una familia a un golpe así, si es que es capaz de hacerlo (el documental muestra tristemente que más bien no). En este sentido, la propia existencia de esta película se antoja y se siente terapéutica para su autora, como un acto de redención hacia su hermano, una forma de expiación, como un último llanto familiar, un duelo que solamente clama justicia.

Sin llegar a las cotas de interés que, ya que lo he nombrado, conseguía Morris en estos trabajos, pero ahondando más en el plano sentimental de la historia, Ford nos ofrece un bello aunque triste trabajo que, si bien puede llegar a exasperar por su ritmo moroso y por su trama criminal algo endeble, recompensará con creces a los que entren en la propuesta y se dejen emocionar por este retrato del duelo y la pérdida.

1- Caras y lugares (Agnès Varda, JR)

Caras y lugares

Me ocurre bastante a menudo con los Óscar que las mayores joyas las encuentro nominadas en la categoría de documental, o en otras que no son las principales. La edición pasada, sin ir más lejos, mi película preferida fue la magistral Fuego en el mar (Gianfranco Rosi). De momento, a falta de ver aún algunas de esta 90 Edición, vamos por el mismo camino con Caras y lugares.

A pesar de que nunca he sido demasiado aficionado al cinéma vérité, de un tiempo a esta parte me estoy encontrando y reencontrando con algunos relatos que acrecientan mi interés hacia esta forma de hacer cine apegada a la realidad. La directora Agnés Varda, que ya nos ha ofrecido documentos en este sentido (por ejemplo, Daguerrotipos o Los espigadores y la espigadora, los cuales aquí homenajea) se une al artista JR en un nuevo viaje por los pueblos de Francia buscando historias que fotografiar (literalmente) y plasmar a través del precioso arte de este último.

Sorprendentemente, el documental encuentra el equilibrio perfecto entre la mirada de la directora y el trabajo artístico de JR. Ambos comparten intereses, buscan historias pequeñas de gente común en ámbitos rurales, y las homenajean a su modo. Durante el proceso, conoceremos múltiples historias, pero sobre todo conoceremos a los artistas mismos.

En este sentido, es muy interesante cómo se nos dan a conocer Varda y JR a través de un viaje cuyo objetivo es precisamente conocer y homenajear a otras personas. Porque sin esta columna vertebral que supone la pareja, el documental podría ser una mera sucesión de historias deslavazadas. En cambio, el metarrelato articula dos frentes igual de interesantes, que se nutren uno del otro, y que lo elevan de manera sorpresiva pero totalmente orgánica y coherente, en un proceso de desnudez conmovedoramente sincero.

Y es que funciona todo, milagrosamente. La sucesión de historias, la sucesión de recuerdos de la directora, el arte de JR (todo un placer descubrir su trabajo)… Incluso cuando el relato comienza a retorcerse y mutar hacia el último tramo, primero tomando a la propia Varda como modelo y luego siguiendo la estela de Godard, con el originalísimo resultado que desprende (cuesta creer que no estuviera planeado y aun así es satisfactorio). El final se te instala en el corazón y se queda allí durante días.

En definitiva, delicioso documental que supone una guinda a toda una respetable carrera cinematográfica, apoyado esta vez por un no menos relevante JR (que no se queda atrás en cuanto a protagonismo). Un poderoso canto a la mirada como germen creador. Y es que al final el arte se reduce a eso: a saber mirar.

Carlos R. Hervás

The Cloverfield Paradox

The cloverfield paradoxA lo largo de la historia del cine, en paralelo a los avances de la sociedad y su tecnología, fue surgiendo un tipo de cine que respondía con recelo a dichos avances. Lo nuevo, lo desconocido, entraña peligros. El avance a toda costa es arriesgado, y la humanidad, ávida de ciencia, está a punto de destruirse a sí misma, parecen advertirnos. De esta manera, cada avance significativo, cada nuevo y relevante descubrimiento, ha ido acompañado de una narrativa de ficción que respondía a dichos avances no sin cierta tecnofobia.

Los ejemplos más claros son aquellos que responden a los miedos ante la robótica y la singularidad, la ingeniería genética… El cine de terror y ciencia ficción está plagado de ejemplos, pero hasta ahora no se había tocado el tema del acelerador de partículas, un avance tecnológico que, toda vez es bastante difícil de comprender para los que somos profanos en la materia, y que lo que no se comprende genera cierta fascinación por lo desconocido, era susceptible de que algún sector reaccionario nos advirtiera de sus potenciales peligros.

Esta es la temática principal de una película por otro lado innecesaria. Tercera entrega de una saga que en realidad no es tal (los nexos son notablemente débiles), trata de ofrecernos un producto diferente, pero por desgracia no termina de funcionar. Así, aunque la historia se centra más en el desarrollo de los personajes que en la aventura espacial en sí, ni sabe qué hacerse con ellos, ni ofrece una aventura fresca y emocionante.

Al contrario, y a pesar de un arranque prometedor, la trama espacial va cayendo en una serie de lugares comunes que, lejos de disimular sus constantes robos a otras películas, los hace evidentes con guiños bastante inanes (Alien, Gravity…). Lo peor no es solo que el producto, más allá de su historia, no sea novedoso, sino que el guion es francamente tonto, incomprensible y lleno de agujeros. Plagado de situaciones que pretenden ser caóticamente inquietantes y parecen más fruto de la improvisación. Creo que en este caso, la risa que generan es involuntaria.

Todo ello aderezado con diálogos inverosímiles y torpes del estilo a: “-capitán, pero si podemos activarlo a distancia, no hace falta que te quedes y te sacrifiques por nosotros-. –Soy el comandante, tengo que hacerlo-.” Y en esta línea, la mayoría.

Por su parte, cuando intenta apegarse al lado más humano de la historia, no ofrece nada nuevo o de meridiano interés. Me genera frialdad la historia familiar que pretende vertebrar al relato principal, y creo que en parte es porque no va acompañada de un trabajo adecuado tras la cámara, como sí ocurría por ejemplo  en Gravity, que lograba expresar su lado más humanista a través del lenguaje cinematográfico. Aquí todo raya lo facilón, lo mediocre.

Hablemos de lo bueno, que no es mucho: unas pocas interpretaciones decentes; la banda sonora, que acompaña con potencia desde sus primeros compases; un ritmo aceptable que al menos no la hace pesada; una estructura de saltos espaciales (Tierra-Estación espacial) que, sorprendentemente, le sienta bien; y el plano final, que oscurece la perspectiva de futuro de los personajes no sin cierta mala baba.

En definitiva, una película totalmente prescindible, que apenas funciona a ninguno de los dos niveles que se propone desarrollar y que defrauda en el contexto de una saga solvente que ofrecía productos frescos y bien realizados. Llegó la hora de dejarla morir.

Nota final: 4/10.

Carlos R. Hervás.

El hombre y el monstruo

Dr. Jekyll y Mr. HydeUna de las más célebres adaptaciones, si no la que más, de Stevenson para la gran pantalla vendría de la mano de Rouben Mamoulian en esta excelente película de 1931. Basada en la famosa novela El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, posee especial relevancia histórica, con el honor de ser la primera película proyectada en el Festival de Venecia.

El guion, como en la mayoría de las adaptaciones, introduce varios cambios en la historia, la más notable, el cambio de narrador. La historia se narra desde el punto de vista de Jekyll, lo cual quedará claro desde la primera escena, rodada en un arriesgado plano subjetivo que es per se un alarde técnico digno de admiración. Mamoulian, al ponernos en la piel del protagonista, nos está haciendo partícipes de sus pensamientos y, de alguna forma, nos está diciendo que todos somos Jekyll, lo cual tiene relevancia y sentido en el transcurrir de la historia.

La cinta desarrolla las temáticas de la historia original, presentando la corrupción moral victoriana y su hipocresía a través del planteamiento dicotómico de dos personajes que reflejan puntos de vista completamente contrarios. Nos viene a decir que todos tenemos un lado oscuro y, más allá, se pregunta si realmente nuestra personalidad dominante es la oscura realmente.

Una de las primeras escenas en que esto queda reflejado de manera magistral es aquella en que Jekyll, tras ver frustrados sus raudos intentos de matrimonio, inhibe primero sus pensamientos ante el padre de su prometida (rectitud en las formas, importancia del honor y la respetabilidad), y verbaliza sus deseos de matarlo, camino a casa (pulsiones internas violentas).

Las implicaciones psicoanalíticas de esto son más que evidentes, pero el interés reside en su contextualización y la manera de representarlo. Porque no es sino cuando el protagonista toma un misterioso brebaje cuando realmente él se siente libre. Libre de poder expresar sus intenciones reales libidinosas, a través de su transformación en un alter ego maligno en forma de monstruo. Poco antes, hemos visto cómo una joven seduce a Jekyll tras ser ayudada por este. A pesar de sus más que evidentes ganas de caer en la tentación, observamos las dudas en el personaje (excelente interpretación de March) y finalmente inhibe sus deseos de acostarse con ella. La escena está cargada de erotismo y tensión sexual, nos hace patentes de las intenciones reales de Jekyll. Estas solo serán consumadas cuando se tomará la poción.

A partir de este momento, el protagonista cae preso de sus deseos, pasando por encima de los demás, sin el más mínimo respeto por la dignidad de los que le rodean, pero feliz por poder desahogar sus deseos a través de un doppelgänger que en un primer momento es capaz de liberar conscientemente pero que poco a poco se irá adueñando de su otra personalidad.

La película permite varias lecturas más al margen de la principal de la lucha entre deseo-inhibición, pero la que más me convence es aquella que relaciona la película alegóricamente con el alcoholismo. Algunas pistas: Jekyll posee cada vez mayor dependencia de un brebaje que le desinhibe, que le vuelve violento y que toma a escondidas de la gente que le aprecia; le vemos bebiendo alcohol en varias ocasiones y la joven artista de music-hall a la que somete para cumplir sus más profundos deseos de dominación se llama Champagne; finalmente, a pesar de sus intentos por controlarse, Jekyll cae presa de su ya irrefrenable personalidad violenta.

En lo cinematográfico, Mamoulian hace gala de multitud de recursos de enorme interés, apoyado en una fotografía trufada de rincones oscuros. A destacar, varios recursos influenciados por el expresionismo alemán de pocos años atrás, con juegos de sombras, planos torcidos asimétricos y una ciudad que, en la escena de la persecución, se erige como un personaje más, subyugante. Bebe de El gabinete del doctor Caligari, pero a su vez de aquí beberá El tercer hombre.

En lo actoral, Mamoulian consigue momentos muy sugerentes a través de sus intérpretes y en especial de un March que sabe transmitir la complejidad del papel, alternando sutileza con desatada furia. Mamoulian, que terminaría por demostrar su excelente capacidad para dirigir actores en La reina Cristina de Suecia (una de las mejores interpretaciones principales femeninas de la historia del séptimo arte), comienza en El hombre y el monstruo a dar buena muestra de un dominio tremendo de las emociones y del espacio como elemento alienador de los personajes. A destacar, la primera escena en la casa de Champaigne entre esta y Hyde, o el final en el sótano de Jekyll.

Aunque vista hoy día su atribución al género de terror parece algo exagerada (acaso simplemente fantástico), los aspectos terroríficos que maneja son más psicológicos que físicos, por lo que la sutileza está más que justificada y ofrece, a la postre, un relato de terror por lo que cuenta más que por cómo lo cuenta (el tono es dramático). A través de él, Mamoulian hace alarde de una imaginación desbordante que eleva el valor artístico de la película hasta las cotas del mejor cine clásico. Sin duda, una obra recomendable y obligada para cualquier amante del género.

Nota final: 8/10.

Carlos Rodríguez.