El hombre y el monstruo

Dr. Jekyll y Mr. HydeUna de las más célebres adaptaciones, si no la que más, de Stevenson para la gran pantalla vendría de la mano de Rouben Mamoulian en esta excelente película de 1931. Basada en la famosa novela El extraño caso del doctor Jekyll y el señor Hyde, posee especial relevancia histórica, con el honor de ser la primera película proyectada en el Festival de Venecia.

El guion, como en la mayoría de las adaptaciones, introduce varios cambios en la historia, la más notable, el cambio de narrador. La historia se narra desde el punto de vista de Jekyll, lo cual quedará claro desde la primera escena, rodada en un arriesgado plano subjetivo que es per se un alarde técnico digno de admiración. Mamoulian, al ponernos en la piel del protagonista, nos está haciendo partícipes de sus pensamientos y, de alguna forma, nos está diciendo que todos somos Jekyll, lo cual tiene relevancia y sentido en el transcurrir de la historia.

La cinta desarrolla las temáticas de la historia original, presentando la corrupción moral victoriana y su hipocresía a través del planteamiento dicotómico de dos personajes que reflejan puntos de vista completamente contrarios. Nos viene a decir que todos tenemos un lado oscuro y, más allá, se pregunta si realmente nuestra personalidad dominante es la oscura realmente.

Una de las primeras escenas en que esto queda reflejado de manera magistral es aquella en que Jekyll, tras ver frustrados sus raudos intentos de matrimonio, inhibe primero sus pensamientos ante el padre de su prometida (rectitud en las formas, importancia del honor y la respetabilidad), y verbaliza sus deseos de matarlo, camino a casa (pulsiones internas violentas).

Las implicaciones psicoanalíticas de esto son más que evidentes, pero el interés reside en su contextualización y la manera de representarlo. Porque no es sino cuando el protagonista toma un misterioso brebaje cuando realmente él se siente libre. Libre de poder expresar sus intenciones reales libidinosas, a través de su transformación en un alter ego maligno en forma de monstruo. Poco antes, hemos visto cómo una joven seduce a Jekyll tras ser ayudada por este. A pesar de sus más que evidentes ganas de caer en la tentación, observamos las dudas en el personaje (excelente interpretación de March) y finalmente inhibe sus deseos de acostarse con ella. La escena está cargada de erotismo y tensión sexual, nos hace patentes de las intenciones reales de Jekyll. Estas solo serán consumadas cuando se tomará la poción.

A partir de este momento, el protagonista cae preso de sus deseos, pasando por encima de los demás, sin el más mínimo respeto por la dignidad de los que le rodean, pero feliz por poder desahogar sus deseos a través de un doppelgänger que en un primer momento es capaz de liberar conscientemente pero que poco a poco se irá adueñando de su otra personalidad.

La película permite varias lecturas más al margen de la principal de la lucha entre deseo-inhibición, pero la que más me convence es aquella que relaciona la película alegóricamente con el alcoholismo. Algunas pistas: Jekyll posee cada vez mayor dependencia de un brebaje que le desinhibe, que le vuelve violento y que toma a escondidas de la gente que le aprecia; le vemos bebiendo alcohol en varias ocasiones y la joven artista de music-hall a la que somete para cumplir sus más profundos deseos de dominación se llama Champagne; finalmente, a pesar de sus intentos por controlarse, Jekyll cae presa de su ya irrefrenable personalidad violenta.

En lo cinematográfico, Mamoulian hace gala de multitud de recursos de enorme interés, apoyado en una fotografía trufada de rincones oscuros. A destacar, varios recursos influenciados por el expresionismo alemán de pocos años atrás, con juegos de sombras, planos torcidos asimétricos y una ciudad que, en la escena de la persecución, se erige como un personaje más, subyugante. Bebe de El gabinete del doctor Caligari, pero a su vez de aquí beberá El tercer hombre.

En lo actoral, Mamoulian consigue momentos muy sugerentes a través de sus intérpretes y en especial de un March que sabe transmitir la complejidad del papel, alternando sutileza con desatada furia. Mamoulian, que terminaría por demostrar su excelente capacidad para dirigir actores en La reina Cristina de Suecia (una de las mejores interpretaciones principales femeninas de la historia del séptimo arte), comienza en El hombre y el monstruo a dar buena muestra de un dominio tremendo de las emociones y del espacio como elemento alienador de los personajes. A destacar, la primera escena en la casa de Champaigne entre esta y Hyde, o el final en el sótano de Jekyll.

Aunque vista hoy día su atribución al género de terror parece algo exagerada (acaso simplemente fantástico), los aspectos terroríficos que maneja son más psicológicos que físicos, por lo que la sutileza está más que justificada y ofrece, a la postre, un relato de terror por lo que cuenta más que por cómo lo cuenta (el tono es dramático). A través de él, Mamoulian hace alarde de una imaginación desbordante que eleva el valor artístico de la película hasta las cotas del mejor cine clásico. Sin duda, una obra recomendable y obligada para cualquier amante del género.

Nota final: 8/10.

Carlos Rodríguez.

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Crónica Festival de Cine de Sitges 2017

Sitges 201750 ediciones ya. 50 años del mejor festival de cine fantástico del mundo. Que se dice pronto. Y lo tenemos aquí, en un acogedor pueblecito de Cataluña, bien cerquita.  Lejos de perder fuelle, sigue reuniendo cada vez más y más aficionados (y profesionales) al cine de género en torno a una celebración que ya es casi ritual para muchos de nosotros.

La presente edición del Festival Internacional de Cine Fantástico de Sitges ha destacado, en lo organizativo, por ampliar un día más su duración. Decisión que sin duda también ha afectado a lo cinematográfico, ya que la Sección Oficial incluye la friolera de 35 películas a concurso. No es este un tema baladí y se sufre a la postre, cuando una vez vistas notamos las carencias de la SO, con un nivel bastante irregular. Lanzo, pues, una pregunta al aire: ¿no sería más sensato reducir el número de películas a concurso, habida cuenta de que hay otras muchas Secciones en el seno del Festival, y en vista de que más de una (y más de dos) parecen ahí programadas exclusivamente por rellenar, afeando el prestigio cinematográfico del Festival entero? Es un problema que llevamos viendo ediciones atrás, pero que al ampliarse el número de películas para la 50 Edición se ha agudizado.

En este sentido, pasamos ya a repasar lo que hemos tenido oportunidad de ver. Hemos encontrado mucha mediocridad, películas más o menos decentes,  algunas joyitas destacables y, por qué no decirlo, algún que otro aborto cinematográfico. Como siempre, hay de todo, y más cuando la oferta es tan amplia.

Intentaré quitarme rápido el dolor de muelas, y así podremos comentar lo demás con mayor sosiego. Tragedy Girls. El humor (así en general) es muy arriesgado. Lo que a unos puede hacerle mucha gracia, a otros puede hacerles hasta sufrir. En el cine había mucho de lo primero, pero por desgracia yo me encontraba en lo segundo. Humor forzado, del que busca desesperadamente la complicidad con el espectador, encajando las referencias cinematográficas a la fuerza, sin absoluta justificación en el guion, creyéndose que por enumerar películas de género se está contribuyendo en algo al funcionamiento de la película, o tan solo a transmitir un mensaje. Esto, unido a una trama absurda cuya crítica a las redes sociales y la feroz búsqueda de la fama queda ensombrecida por unas protagonistas que no pueden caerme peor, hace que a más de uno se nos pasen por la cabeza ideas peores que las de sus infames personajes. Acaso intenta ser una especie de The Final Girls, pero bien lejos queda de su homenaje sincero y honesto.

Tragedy Girls

Tragedy Girls y sus inefables protagonistas

España no ha quedado impune. Jaume Balagueró presenta su nueva cinta, Musa, fuera de concurso, con todos los avales de los que dispone su director. Qué decepción al encontrarme esta suerte de telefilme barato con actores horrorosos (en el peor de los sentidos) y una trama que se va volviendo más y más absurda. Importante mácula esta trasnochada cinta en una filmografía que cuenta con éxitos como REC o Mientras duermes (sí, vale, también con OT: la película y secuelas de dudosa calidad de REC, a las que Musa se acerca) en su haber.

Y a un nivel muy similar, acaso ligeramente superior, también tenemos Maus (curioso parecido en el nombre con la anterior). Si bien su trama tiene más lógica, los mecanismos en los que se apoya el guion son totalmente fallidos. Se recurre incansablemente a hacernos partícipes de momentos desasosegantes para luego negarlos, volviendo a un punto anterior en la historia, de modo que debemos reinterpretar todo lo visto durante los 5 minutos anteriores como una ilusión o un sueño. Este efecto, bien usado y dosificado, puede ser perfectamente válido. Aquí el abuso es casi insultante. Al final, como en Pedro y el Lobo, el espectador pierde la confianza en el relato, y abandona el interés. Lo que podía haber sido una interesante reflexión en torno a los traumas, a cómo convivimos con los traumas personales y sociales, en el marco de una sociedad dividida por la Guerra de los Balcanes, se queda en una cinta tramposa que al principio sabe generar tensión y que poco a poco va perdiendo interés, hasta su ridícula conclusión.

Maus

Maus

Por suerte, acabamos por aquí con España en un año en que, eso sí, podemos observar un repunte de calidad en el cine patrio en general (fuera de Sitges).

Asia, que en años anteriores ha ofrecido una importante y sólida remesa de cine de calidad (recordemos las coreanas de la edición anterior), nos ha dado un poco de todo en esta ocasión. Lo peor, sin duda, la cinta de animación china Have a Nice Day, cuya débil y trillada trama se ve enormemente lastrada por una animación escasa se mire por donde se mire. Los diseños son horribles y la animación, más todavía. Ante esta fealdad plástica, cabría esperar al menos una historia bien hilada, pero el conjunto de personajes es confuso y antipático, limitándose a merodear alrededor de la cinta, soltando frases sin sentido pero con pretensiones de tenerlo.

Have a nice day

Have a Nice Day

Elevando el nivel, casi se salva de la quema una sorprendente y arriesgada Sword Master 3D, cuyo director vuelve a adaptar una novela hongkonesa que ya fue llevada al cine en los 70, protagonizada por él mismo. En ella, un maestro espadachín decide fingir su muerte, hastiado de la vida que pretende dejar atrás, pero otro espadachín le busca para matarle. Si bien la historia posee una narración con ritmo, y los personajes una personalidad muy definida (casi simplona), la estética algo hortera y el histrionismo de sus actores pueden hacer que a más de uno le salga sarpullido. Al final obtenemos un conjunto muy ligero, familiar y bastante naif, que no será recordado para los restos.

Sword master 3d

Sword Master 3D

Por no sobrecargar el texto de infamias, no me extenderé en las del resto de secciones del Festival, bien porque a la Sección Midnight X-treme se le perdonan (Los olvidados, Game of Death, más o menos disfrutables en un contexto adecuado de distensión total, desde el más absoluto abandono de la seriedad), bien por falta de interés en las cintas (Fashionista y Marjorie Prime, importantes ladrillos), bien por no hacer leña del árbol caído (Still/Born, la peor película que he visto en mucho tiempo).

Pero sí me detendré en una de las más celebradas del Festival por la mayoría, cuyo éxito ha culminado, a nivel competitivo, con el Premio a Mejor Guion y el Premio Especial del Jurado: Thelma, lo nuevo de Joaquim Trier. La historia posee a priori suficiente enjundia, a pesar de sus parecidos con Carrie (comparación con la que sin duda sale mal parada), pero falla en su desarrollo, articulando la trama sin apenas puntos de interés, redundando en ciertas temáticas referentes sobre todo a la familia y la religión como elementos represores de los deseos. Los poderes de la protagonista no se traducen en escenas bien medidas; al contrario, alguna que otra más bien sosa, como la de la desaparición de la amiga. La excepción es el último tramo, que posee elementos visuales que potencian el resultado final, aunque para entonces el interés en la trama ya lo tengo totalmente perdido, presa de un conjunto que me provoca constante paramnesia, un quiero y no puedo de drama malrrollero a lo escandinavo no tan original como pretende ser, y tampoco tan intenso.

Thelma

Thelma

Terminamos así la quema del Festival, pero comenzamos con todo lo recomendable, que no ha sido poco. Seguiremos centrándonos en la Sección Oficial, a pesar de películas más que estimables como la descarnada Hounds of Love, la mágica Lu Over the Wall y la tremendamente imaginativa Poesía sin fin, que suponen sin duda un aderezo muy de agradecer al conjunto del Festival.

El terror puro (si es que hoy día este concepto es siquiera computable) ha tenido muy poca representación este año. Aparte de las ya mencionadas aportaciones patrias, de nivel más que cuestionable, podemos contar las cintas de terror con los dedos de una mano. De las más esperadas, The Ritual. Se trata de una película de trama bastante convencional (un grupo de amigos se pierde en un bosque en el que comienzan a ocurrir fenómenos inexplicables), tomada como excusa para hablarnos, demasiado reiteradamente, del sentimiento de culpa y de la necesidad de redención. A pesar de la impresionante imaginería visual que maneja, no termina de crear una atmósfera lo suficientemente sólida, aunque sí funciona en toda la primera mitad, cuando el misterio todavía no se ha encarnado y permanece insondable. La película falla donde tantas otras: al crear expectación en torno a lo desconocido, se suele decepcionar en el momento de mostrárnoslo. A menudo es más poderosa nuestra imaginación que las imágenes que se pueden conseguir con una cámara. No me estorba la criatura, pero la sociedad de adoración en torno a ella es bastante ridícula. Mención aparte merecen las interpretaciones, con un actor principal ganador del Premio a Mejor Interpretación Masculina que a mi juicio es totalmente inmerecido. De hecho, el gran problema de la película es que el protagonista cae mal, impidiendo cualquier tipo de simpatía o identificación con el espectador.

The ritual

The Ritual y su actor principal tras ganar el Premio a Mejor Actor

Elevando un poco el nivel del género, ya solo tenemos dos cintas más: El habitante y Les affamés. La primera es una película mexicana de posesiones. Si bien el subgénero está muy trillado, destaca a la hora de representar la intriga en torno a la posesión, además de nutrirse de una atmósfera que, en momentos puntuales y muy bien medidos, consigue poner los pelos de punta. El mensaje, como en casi todas las películas de posesiones, es un poco meapilas, pero el filme hace gala de un abanico cromático lo suficientemente complejo como para aguantar lecturas de todo tipo, con momentos sonrojantes (ese “te perdono” tan cínico cristiano) y momentos bellamente expresivos en su virulenta exposición del Mal (el momento en que el diablo, encarnado en la niña, trata de tentar al cura, fantástica puesta en escena mediante, o los planos finales, que de alguna forma provocan una reinterpretación del conjunto). Igualmente recomendable es la cinta canadiense de Robin Aubert. Les affamés destaca en su representación del apocalipsis zombi desde un punto de vista realista e inmersivo, ubicando la acción en una zona rural de Quebec. A pesar de que el desarrollo no es todo lo interesante que debiera, y se siente algo desaprovechada, su atmósfera provoca una sensación de peligro palpable, constante, casi desesperanzador. A esto hay que añadir el drama de los personajes, que al menos no molesta, y algunos fogonazos surrealistas y de humor negro que enriquecen el conjunto.

El habitante

La niña poseída de El habitante

La acción este año ha gozado de buena salud. Sus representantes salen bien parados, con cintas entretenidas y disfrutables en mayor o menor medida.  De la remesa que ofrece la Sección Oficial, destacan Mom and Dad, Mayhem, Bushwick y, sobre todo, Blade of the Immortal. Las dos primeras tienen en común un humor desenfadado, con un tono de distensión total que no se toma demasiado en serio a sí misma, amén de ciertos aspectos de la trama. Mom and Dad subvierte el subgénero zombis creando una especie de apocalipsis en que todos los padres sienten la imperiosa necesidad de asesinar a sus hijos, perdiendo por completo la inhibición y el control de sus actos. El reparto está muy divertido, y aunque el humor es bastante ligero, rayano lo pueril, te contagian buen rollo. Prácticamente todo lo dicho encaja en Mayhem. Aquí apenas hay subversión, ya que posee una trama de infectados algo estándar, en que los infectados pierden la inhibición temporalmente, pero aporta estructura y ritmo, con una puesta en escena más que solvente que ubica la historia exclusivamente en un edificio de oficinas. Eso sí, el humor es todavía más adolescente que en Mom and Dad.

Bushwick

Bushwick

Bushwick ofrece, en cambio, un tono más serio, casi apocalíptico. No desentona Dave Bautista en este papel que otrora podría haber interpretado perfectamente el tito Arnold o alguno de los de su quinta. La cinta, que él mismo produce, posee un espíritu de serie B que recuerda al de Carpenter en varios aspectos, como en la representación del Mal como entidad colectiva despersonalizada (Asalto a la comisaría del distrito 13, El príncipe de las tinieblas…) o en su panorama musical. La acertada dirección, con predominio del plano secuencia, consigue sumergir al espectador en la acción, de manera que se sigue como un entretenido videojuego, con la suficiente capacidad inventiva para salir indemne de la función.

El género de acción alcanza su mejor nivel gracias a Takashi Miike en su película número 100: Blade of the Immortal, una adaptación del manga del mismo nombre en que un hombre  del Japón feudal que ha cometido actos atroces por venganza es condenado a la vida eterna, inmortal; años después, será contratado por una niña para vengar la muerte de sus padres. La ligereza de la historia es compensada con una dirección sorprendentemente fina, un dibujo complejo de sus personajes, y un sentido estructural de la violencia. La batalla final, que se desarrolla por varios flancos, es un prodigio de puesta en escena. Por el contrario, Miike encuentra algunos problemas para justificar las más de dos horas de metraje, que se acaban sintiendo irregulares.

Blade of the immortal

Blade of the Immortal

La gran remesa del festival la han ofrecido los dramas, con mayor o menor encaje en los géneros aledaños, a veces con difícil justificación en su presencia en la SO de un festival de cine fantástico. En esta línea, tenemos películas como El sacrificio de un ciervo sagrado, As boas maneiras, A Ghost Story, Brimstone, My Friend Dahmer y Before We Vanish.

La nueva película del griego Yorgos Lanthimos, El sacrificio de un ciervo sagrado, ofrece todo lo que se puede querer buscar en su cine. Pero, al contrario que en películas anteriores como Langosta o Canino, aquí agota la propuesta, que una vez desvela sus cartas, se vuelve menos interesante por momentos, redundante. Si la primera mitad de película crea un clima de extrañeza como solo el griego sabe lograr, apoyado en una trama con personajes marcianos, un guion bien medido y una banda sonora enorme, la segunda se vuelve irregular y pierde fuelle. Destaca por encima de todo un enorme Barry Keoghan, que se echa la película al hombro en un papel que remite a películas como Teorema o Visitor Q.

El sacrificio de un ciervo sagrado

El sacrificio de un ciervo sagrado

As boas maneiras se articula en cambio como un fantástico y casi terrorífico cuento de hadas, estructurada en dos mitades bien diferenciadas. La cinta brasileña narra la historia de una madre joven que contrata a una niñera (la auténtica protagonista) para que la ayude con las labores del hogar mientras gesta a su bebé. Pronto entenderemos que el bebé es un hombre lobo. La película es un canto al amor materno, y dibuja personajes entrañables que son puestos en contradicción constantemente mediante pequeños destellos de violencia o diversos actos que subvierten la rectitud moral. Es una pena que, si bien la primera mitad ofrece aire fresco al subgénero de hombres lobo, la segunda esté construida de una manera bastante más convencional y, a la postre, menos sólida.

Otra fábula es la que articula David Lowery en su A Ghost Story, un arriesgado cuento de fantasmas de espíritu indie que explora los límites de la memoria humana, de su permanencia, pero también de la culpa, del duelo, de la aceptación y de la capacidad de pasar página. En definitiva, es una película sobre el paso del tiempo. Su propuesta es, como digo, arriesgada, pues la representación fantasmal, empleando el arquetipo infantil de la sábana blanca en la cabeza, deambula a menudo en la fina línea entre la genialidad y el ridículo, y desde luego es una película más para ver en la tranquilidad del hogar que entre una multitud de personas. Si eres capaz de conectar y aceptar la propuesta (me encuentro en este grupo), disfrutarás de un relato circular sosegado, profundo y de una poética sincera. Si no, solo obtendrás momentos de ridículo y exasperación, y su sensibilidad te chirriará constantemente. Muy merecido el Premio a Mejor Fotografía. No creo que se le puedan discutir sus aciertos visuales.

A ghost story

A Ghost Story

Brimstone se adentra en los terrenos de la intriga en una historia de venganza que recuerda a La noche del cazador, que nos habla de la culpa y de la redención en el marco de la moral cristiana, que aquí se ve negada a través del personaje del predicador (enorme presencia la de Guy Pearce, que está mejor que nunca). Se nutre de una estructura narrativa desordenada, in media res, que le viene bien al relato y se sigue con interés, a pesar de una dirección más bien plana, que no obstante consigue momentos puntuales de importante tensión visual y emocional.

My Friend Dahmer nos narra la adolescencia del que a la postre vendría a ser llamado “El caníbal de Milwaukee”, uno de los más famosos asesinos en serie, cuya historia ya había sido llevada al cine anteriormente (haciendo saltar a la fama a Jeremy Renner). Esta es la historia antes de la historia. Se trata de un drama convencional, quizá demasiado, que nos dibuja un personaje fuera de lugar, con problemas para adaptarse a su entorno, que con una familia desestructurada con ciertos antecedentes de enfermedades mentales. La película quiere realizar un estudio sobre cómo se forja la personalidad de un asesino, y se cuestiona qué factores pueden ser más determinantes. A pesar de que la temática es sobradamente atractiva y compleja, a la postre posee muy pocos elementos de interés en su desarrollo. El producto final es más bien plano y reiterativo, y deja más poso por la temática sobre la que se apoya que por ser disfrutable per se. Destaca un creíble Ross Lynch encarnando a Dahmer, en un cambio de registro bastante sorprendente que bien podría haberle valido el premio que se ha llevado The Ritual con Rafe Spall.

My friend dahmer

My Friend Dahmer

Terminando con los dramas, el maestro Kiyoshi Kurosawa nos trae su última película, Before We Vanish. Siempre que el japonés estrena película, hay expectación en torno a ella, y últimamente venía satisfaciéndola en mayor o menor medida, con cintas más que estimables como Creepy, Le secret de la chambre noir y Journey to the Shore. En esta ocasión tenemos un producto irregular, que no tiene muy claro el tono que quiere adoptar, y que da demasiados rodeos para llegar a una conclusión a la que se podría haber llegado con más decisión y claridad. La invasión alienígena que nos muestra, con unos entes que poseen los cuerpos de algunas personas, dibuja personajes que nos recuerdan a ese Dougie Jones de Twin Peaks II, marionetas inadaptadas sin habilidades sociales que acaban teniendo más éxito vital al perder su identidad real que cuando eran ellos mismos. Kurosawa traza un estudio sobre la esencia de lo que nos hace humanos, pero lo realiza de una manera poco atractiva, reiterativa y, a la postre, algo obvia. Es una película estimable, el talento de su director le da para una película aceptable aun estando a medio gas, pero queda lejos de sus éxitos más rotundos.

Before we vanish

Before We Vanish

Solo he tenido oportunidad de ver una representante del género de ciencia ficción. Se trata de la cinta The Endless, una película de bajo presupuesto rodada por Justin Benson y Aaron Moorhead. La cinta mezcla elementos de la ciencia ficción más new age con elementos oscuros de terror y de intriga. No es para nada una película luminosa; al contrario, es un relato sucio en que el presupuesto ha determinado por desgracia que el producto final no sea más atractivo estéticamente. Nos narra la historia de unos hermanos, protagonizados por los propios directores, que deciden volver a visitar la comuna-secta en la que se criaron de pequeños. Una vez allí, se suceden los fenómenos paranormales. A pesar de que la historia se sigue con interés, ni es especialmente innovadora, ni especialmente atractiva en su forma expositiva, empezando por los propios directores en su faceta de actores, que son muy muy escasos. Se nutre de algunos destellos de humor y de una tensión in crescendo razonablemente bien medida.

The endless

The Endless

Por último, los habituales thrillers nos han dejado dos películas reseñables en la SO, de desigual calado: La villana y Brawl in Cell Block 99.

La villana es el enésimo thriller coreano, el que toca esta temporada. No posee en su trama suficientes elementos de interés o mínimamente innovadores, historia típica de venganza mediante, que se apoya incansablemente en los tópicos del género denotando una tremenda falta de imaginación. Sus aciertos más cacareados se hallan en su arranque y en su conclusión. Efectivamente, la acción adrenalínica está rodada con bastante estilo, pero apenas novedoso: la primera persona ya impactó, y con mucha mayor fuerza, en Hardcore Henry. Se pierde así el factor sorpresa, amén de algunas filigranas técnicas que hacen las delicias de los fans de la acción. Por mi parte, me quedo con el tramo final, menos atado a una propuesta formal tan limitada y beneficiado por el conocimiento previo que ya poseemos de los personajes y sus motivaciones. Todo lo de en medio es largo, anodino y ciertamente tedioso.

La villana

La villana

Terminamos la crónica con la gran joya del Festival: Brawl in Cell Block 99, el nuevo thriller carcelario de S. Craig Zahler, director de la excelente Bone Tomahawk. Heredera espiritual de aquella, Brawl in Cell Block 99 se apoya en una estructura narrativa casi calcada a la de su precedente, trasladando la acción del lejano oeste a los barrotes de la cárcel. Protagonizada por un Vince Vaughn especialmente magnético en su física interpretación, el descenso a los infiernos de su personaje nos atrae en todo momento, empatizamos con su drama y queremos seguir sabiendo lo que ocurrirá después, no sin cierto temor hacia lo que está por venir. Zahler, que también escribe estupendamente sus películas, consigue una total comunión entre el espectador y la desesperación paulatina del personaje principal, que no obstante parece tener en todo momento el dominio de la difícil situación a la que se enfrenta, casi como el protagonista de un videojuego que tiene que ir superando diversos niveles de dificultad creciente. Me declaro totalmente afín a su estilo narrativo, aun reconociendo que esta película es claramente inferior y menos memorable que Bone Tomahawk, acaso porque, reconozcámoslo, le cuesta casi una hora arrancar. Pero la paciencia merece la pena, en un relato que se cuece a fuego lento, hasta que finalmente estalla.

Brawl in cell block 99

Brawl in Cell Block 99

A pesar del bajo nivel de este año, hemos podido extraer algunas pequeñas joyas que han salvado el conjunto. Aunque algunas se han ido sin reconocimiento por parte del Jurado, conviene sean tenidas en cuenta, sobre todo entre el público más afín al fantástico. Por mi parte, solo me queda desear que la remesa de los años venideros ofrezca un repunte de calidad, el repunte que se merece Sitges, Festival en torno al cual celebramos, seguiremos celebrando, siempre que las circunstancias nos lo permitan, nuestro amor por el cine fantástico, año tras año, edición tras edición.

Carlos Rodríguez.

Crónica Festival de Cine de San Sebastián 2017

SanSebastianCartelVuelve la mejor época del año. Vuelven los amaneceres junto a la Playa de Zurriola y los paseos por el Boulevard. Vuelven los pintxos y toda su excelente oferta gastronómica. Vuelven también las prisas para llegar a tiempo a los cines, las colas interminables y los madrugones para coger número en las taquillas, en una ciudad que es capaz de concentrar todas las estaciones del año en una sola semana. Vuelve el cine a San Sebastián, y un año más he tenido el placer de estar allí para disfrutarlo.

Comenzamos así la crónica de este año repasando todo lo que he tenido oportunidad de ver en las diferentes secciones de la presente edición del Festival.

Si algo ha destacado por encima de todo ha sido, por desgracia, un cierto bajón de nivel (en lo cinematográfico) con respecto a ediciones anteriores. Observo verdaderos problemas en los creadores para conseguir productos novedosos, historias interesantes o al menos narraciones con alma, con garra. Y así, asistimos a un Festival dominado por las medianías. Películas en su mayoría con buenas intenciones y factura solvente, pero carentes de verdadero ingenio creativo, de eso que hace a las películas perdurar en el tiempo, en la memoria de los cinéfilos.

Por ir elevando el nivel de loa, comenzaré comentando las películas que menos me han gustado y dejaré lo mejor para el final, porque estas películas han acabado salvándome el Festival, y me quedo con lo positivo.

El secreto de Marrowbone es una película de intriga con tintes de terror. Cuenta la historia de unos hermanos que tratan de dejar atrás un pasado que se antoja trágico refugiándose en un viejo caserón alejado de la civilización. El arranque convence, con una elipsis que provee de un espacio narrativo que el espectador deberá ir rellenando a medida que avanza la trama. Pero a partir de aquí comienzan los problemas. La historia, articulada en torno a giros del guion y a un misterio sostenido que solo funciona en la primera mitad de película, resulta un remedo de otras películas que ya hemos visto, como Los Otros (que tampoco es que me encante, por cierto), dejando una molesta sensación de déjà vu. Los actores están sobreactuados y no te los crees, historia de amor inverosímil mediante, con momentos bastante ridículos. Solo te satisfará si tienes 12 años y es la primera película de terror que ves en tu vida.

Mención aparte merece la banda sonora de Fernando Velázquez, en la línea de sus detestables trabajos para el presente productor, Bayona, que no parece darse cuenta de que eso de subrayar los sentimientos tan toscamente no es una buena idea. Suena impostada, y juega la baza del golpe orquestal-susto de manera bastante chabacana. En fin, el pestiño del Festival.

marrowbone

El secreto de Marrowbone

Ha habido algún otro fracaso, pero ninguno tan notorio. En la SO tenemos Licht. Es una película austriaca que narra la historia real de una pianista ciega en el siglo XVIII, de cómo el tratamiento para su ceguera fue acompañado de una pérdida de talento musical. La idea no es tan original como parece, pero el problema es que se derrumba, incapaz de insuflar vida al relato a pesar de los esfuerzos de una actriz que hace lo que puede, pero que acaba cayendo mal. Es plomiza y carente de ritmo, y finalmente domina la sensación de desaprovechamiento.

En Horizontes Latinos, tenemos Medea, otro de esos pequeños fracasos, acaso no tan sonado, pero igualmente olvidable. La historia gira en torno a una adolescente que oculta su embarazo a su entorno, alienada por una sociedad, la costarricense, cuyo Estado, recordemos, es católico y tiene prohibido el aborto. La protagonista es comparada con la femme fatale de la Grecia Clásica en sus intentos de liberarse de aquello que la constriñe (el embarazo), y es dibujada como una especie de heroína moderna. El problema es que el relato no ofrece los suficientes elementos de interés, a pesar de la corrección formal. El tono es plano, la historia es escasa y al final es olvidable, sencillamente.

A partir de aquí, dominan las mencionadas medianías, que las ha habido en casi todas las secciones. Películas todas decentes, en mayor o menor medida, pero sin los suficientes elementos de interés, o con demasiados altibajos.

Empezando por las de Horizontes Latinos, que han sido la mayoría, tenemos la argentina La novia del desierto, un sorprendente debut que sabe lo que quiere, bien dirigido y sobre todo muy bien interpretado por una omnipresente Paulina García, sobre cuya mirada se sustenta el relato, otorgándole peso al lenguaje visual mediante el juego de enfoques. Acierta en su deseo de transmitir ternura y complicidad con su personaje principal, en una parábola sobre la vejez en relación a los tiempos en constante cambio, pero la temática no me resulta del todo interesante, siendo a la postre un drama bien contado pero menor.

Desde Argentina (aunque en la SO) nos llega también Una especie de familia, otro drama bien narrado y con ritmo, que se carga a los hombros una soberbia Bárbara Lennie, cuya interpretación femenina es probablemente la mejor del Festival, pero con un argumento de telefilme de la hora de la siesta. Imaginación, cero. La crítica social de denuncia de las desigualdades no basta.

Una especie de familia

Una especie de familia

Por terminar con las argentinadas, tenemos La educación del rey, otro drama más de andar por casa, sostenido por un ritmo más que decente y por la construcción de alguno de sus personajes (concretamente, el del guarda de seguridad, coprotagonista del relato, que es la bomba). Pero de nuevo el argumento es simplón, la carencia de medios es notoria, ocasionando problemas de verosimilitud (nunca he visto una mafia policial corrupta tan cutre) y las actuaciones, salvando la mencionada, dejan mucho que desear.

Y acabando la Horizontes Latinos más anodina de los últimos tiempos, nos encontramos con la venezolana La familia. Posee un potente arranque, bien dirigido, loable sobre todo en su duro retrato de la ciudad (que se erige tercer protagonista del relato) y en la dirección de los niños (no es cosa menor para alguien acostumbrado a direcciones patrias de niños penosas), pero se empieza a hundir en su propia falta de ambición. La narración es sobria, realista, pero algo plana, y apenas aporta nada nuevo en su intención de reflejar las desigualdades sociales en Caracas. En este sentido, sobrevuela la sombra de la laureada Desde allá, que ofrecía algo parecido pero con un resultado muchísimo más pulido.

También encontré otra medianía en mi incursión en Nuevos Directores. Se trata de la francesa Le Semeur, un drama (dramilla) ambientado en la Francia de Napoleón III que cuenta la historia de un pueblo de mujeres que, huérfanas de hombres, pactan procrear en común con el primero que pase por allí. Por allá que pasa uno, la protagonista se enamora y deberá enfrentarse a su promesa. El argumento es bastante tontorrón y banal, pero da para articular una historia ligera en torno a ella que se ve con cierto interés, apoyada en un correcto sentido del ritmo, en una fotografía de interiores cuidada, en un suave sentido del humor y en un fino erotismo. Es bastante inocua e inocente, ideal para un tipo de público que se halla, por suerte o por desgracia, en mis antípodas.

La Sección Oficial por suerte solo me ha dejado dos así, pero no sería por falta de posibilidades, sino más bien por el poco interés que, en líneas generales, me produjo la sección. Aparte de Una especie de familia, tenemos la griega Love Me Not, de Alexandros Avranas, un pastiche de Lanthimos y Haneke cuyo mayor defecto es, quizá, haber llegado muy tarde. Esta película ya se hacía en los 90 (y mejor). Sus mayores aciertos son los paralelismos que relacionan su historia con la actual crisis griega, y un perverso guion bastante redondo. Pero trata desesperadamente de subvertir con mecanismos para nada novedosos, en su forma de mostrar la violencia de manera cruda e impactante, y ni el drama está a la altura de los dos directores mencionados, ni cuenta con el humor negro de Lanthimos, ni con la madurez de Haneke. Al final tenemos un producto que pide a gritos llamar la atención pero que funciona mejor en su primera mitad, cuando es una película cuyo misterio aún no se ha desvelado del todo.

Love me not

Love me not

Perlas, a menudo la sección que aglutina los éxitos más sonados, no ha estado carente de medianías que no han cumplido las expectativas. En primer lugar, tenemos la última película de Hirokazu Koreeda, El tercer asesinato, que gira en torno a un grupo de abogados que trata de defender a un asesino confeso, hasta que comienzan a dudar de su autoría. La historia se sigue gracias al pulso narrativo y la habilidad tras la cámara, marca de la casa, planteando algunas soluciones visuales realmente bellas, sobre todo en los diálogos entre los dos protagonistas. Pero las cuestiones morales que plantea son algo pueriles, impropias de un creador que considero muy maduro. Su personajes son clichés y no se termina de epatar con ellos, recordando más a ese cine medio japonés tan impostado que a la finura de la mayoría de producciones de Koreeda. Por desgracia, obra menor en su filmografía.

Esperaba mucho de En realidad, nunca estuviste aquí, la última película de la directora Lynne Ramsay, pero se queda a medias. La trama sigue a un sicario interpretado por Joaquin Phoenix que deberá rescatar a una niña secuestrada con fines sexuales. La historia nos habla de los traumas, de la imposibilidad de olvidar, de perdonar, y de la necesidad de redención, pero está enunciada de una manera que no me apasiona, a pesar de algunos detalles de interés, como lo medidos que están los estallidos de violencia, que casi siempre es representada fuera de campo. Por desgracia, ni es la mejor actuación de Phoenix, que creo que ha estado mejor en todas sus otras apariciones recientes, ni la historia es demasiado original, sintiéndose un remedo de otras películas que ya hemos visto.

Acabando ya el museo de las medianías, la última de Perlas es un reciente estreno en España, Madre!, lo nuevo de Aronofsky. Sus aciertos polarizarán al público. Creo que Aronofsky está más preocupado de llamar la atención que de trazar un relato atractivo, lo que se traduce en pantalla en un supuesto caos que más bien siento como gritos de desesperación del director rogando molar, buscando personalidad en la construcción de la historia. Es un problema la sensación de que el director interpela al espectador con esos mimbres tan obvios y diría que chabacanos (el momento de la paliza a Jennifer Lawrence es de lo más basto que he visto en mucho tiempo), pero más problemático es que no se consiga empatizar apenas con la historia, que da bastante igual. Por mencionar solo alguno de sus problemas, nombraré el más obvio: el casting no funciona. Lawrence y Bardem caen mal, y no tienen ninguna química. Parecen estar haciendo cada uno la película por su lado.

Madre!

Madre!

A partir de aquí, la Sección Oficial eleva un poquito el nivel, con películas que ya merecen más la pena, que no me importaría volver a ver.

De un lado, tenemos El autor, lo nuevo de Manuel Martín Cuenca. El director almeriense posee personalidad, y sabe insuflar vida a este relato sobre los problemas creativos y la inspiración, magistralmente interpretado por un Javier Gutiérrez que está para repetir Goya, totalmente entregado a su papel. Su humor ácido funciona, en un relato hiperbólico cargado de ironía y mala leche, con el que es fácil identificarse. Ojalá no perdiera fuelle hacia la mitad de película, a pesar de alguna que otra escena brillante, porque va de más a menos y al final queda un regusto de cierto desaprovechamiento. Es una pena. Pero la película merece mucho la pena.

De otro lado, la SO nos trae una rara avis, un documental marino rodado en 3D, producido por Schwarzenegger y dirigido por el hijo de Cousteau: Wonders of the Sea 3D. Lo primero que destaca es su preciosa fotografía, el mejor 3D que he visto desde Gravity, y no exagero. Así, el motivo de atracción principal que posee la película es lo extremadamente bello de sus imágenes, que, por el contrario, parecen fruto del haber pasado por allí y haber visto eso. Así, la película se torna irregular, incapaz de encontrar drama en sus imágenes, que en ocasiones parecen una mera sucesión de preciosos salvapantallas. Además, el alegato ecologista queda algo impostado e hipócrita saliendo de la boca del exgobernador. En fin, merece la pena solo por ver las impresionantes imágenes logradas por el equipo, pero hay muchas películas similares, y mejores.

Wonders of the sea

Wonders of the Sea

Podemos rescatar algo más de la SO. Es Pororoca, un drama rumano que narra la historia de un padre que pierde a su hija en el parque, siguiendo la desesperación de la pareja por encontrarla. Es una película que explora los límites de la culpa, apoyándose en unos actores más que decentes y sobre todo en una dirección que brilla en determinados momentos. Para muestra, la escena de la desaparición, al comienzo, un auténtico tour de force en plano secuencia larguísimo, bastante impresionante. Por otro lado, la película posee demasiado metraje, sintiéndose algo irregular, y la decadencia psíquica que sufre la pareja y sobre todo su protagonista termina por írsele de madre.

Volviendo a Perlas, encontramos dos películas más que decentes, que podrían haber dado más de sí, pero que ante tanta mediocridad, se yerguen. Una de ellas es Borg McEnroe, una película sueca cuyo principal éxito es construir un relato entretenido en torno a una supuesta rivalidad (basada en los famosos tenistas Björn Borg y John McEnroe) que en realidad nunca se llega a sentir como tal. Así, falla al construir el drama y equivoca a su protagonista, entre otras cosas porque LaBeouf es mucho mejor actor. El tramo final se ve con suficiente emoción, pero da la sensación de que nunca despega del todo, de que nunca llega a ser la Rush que querría ser.

Borg mcenroe

Borg McEnroe

La otra es la laureada Custodia compartida, del francés Xavier Legrand. En términos narrativos, posee un comienzo potente, contándonos toda la historia a través de los abogados de una pareja recién separada que lucha por la custodia de sus hijos. Su problema es que no despega realmente hacia la mitad de la película, y para entonces hemos perdido la capacidad de empatía con los personajes, que por otra parte habitan una historia poco original. Con todo y con eso, me quedo con su impactante final, de los mejores minutos de cine de todo el Festival. El último plano nos hace partícipes de la violencia doméstica como observadores, una posición incómoda pero absolutamente necesaria.

Y ahora pasamos a comentar lo mejor del Festival. Esas películas que hacen que haya merecido la pena la selección, y la visita. Ruben Östlund, uno de los puntales de la filmografía europea del momento, nos trae  su flamantemente recién premiada en Cannes The Square. Y aunque ahonda en las temáticas preferidas del director, por fin encontramos un argumento original de verdad. A través de un humor incómodo y ácido, critica a los vendehúmos en el arte y, por extensión, a la hipocresía de la indolente sociedad sueca. Lo brillante es que encontramos algunos elementos que parecen sacados de contexto, pero que están puestos ahí para hacernos reflexionar sobre las mismas cosas que sus protagonistas, en una suerte de metarrelato que solo Östlund podría así filmar. Por otra parte, y aunque el humor funciona, la gracia se desinfla algo en la media hora final, que alarga innecesariamente la película.

The Square

The Square

Si Östlund es un puntal reciente, qué decir de Haneke, con una trayectoria ya más que consolidada. Su reciente Happy End no será la mejor película de su excelsa filmografía, pero es más que suficiente para sobresalir por encima de la media. A sus habituales críticas a la alta sociedad, esta película añade un suave humor negro que no había explorado hasta ahora Haneke en su filmografía, amén de introducir en la combinación al personaje de la niña pequeña, a través del cual se critica la frialdad y ferocidad de las relaciones actuales entre los jóvenes, formadas pantalla mediante, con esa necesidad de compartir nuestras vidas que en realidad es mero reflejo de la vacuidad dominante. De todo ello habla Happy End, una especie de continuación velada de su anterior largo Amor, con personajes que parecen tenerlo todo y no tienen nada. A destacar, las escenas que comparten la niña protagonista y Trintignant.

Happy End

Happy End

Terminando ya, las dos mayores joyas me las ha dejado la SO. En primer lugar, tenemos Morir, la segunda película de Fernando Franco tras su aclamada La herida, que prosigue explorando las relaciones sociales en torno a la enfermedad. En este caso, a Marian Álvarez le toca vivir en el lado contrario, cuidando de su novio terminal. Lejos de caer en sentimentalismos baratos, Franco realiza un estudio íntimo y elegante, apoyado por unos intérpretes más que buenos, con química, articulando un relato mediante grandes elipsis que nos hacen partícipes del deterioro mental y físico, y de cómo este se relaciona con el deterioro de la pareja. La película, que refleja la cotidianeidad de la pareja con sorprendente naturalidad, nos habla de la incomunicación, del miedo y de la desconfianza ante esta situación trágica. Posee un final doloroso, tenue, con unos excelentes planos finales que bien justificarían cualquier premio, confirmando el repunte de calidad en el cine Español de 2017. Franco se supera con esta película y consigue una total complicidad con una historia que parece pequeña, pero que en realidad es la vida misma.

Morir

Morir

Por último, la película que redime al Festival entero: The Disaster Artist. La esperada comedia de James Franco, que explora los pormenores creativos en torno a uno de los mayores éxitos de culto cinematográfico de serie B de los últimos años (The Room), es un triunfo en todos los sentidos. Posee frescura, ofreciendo un relato con ritmo en que el humor funciona en todo momento. También unas excelentes interpretaciones, destacando la principal de un Franco totalmente entregado al extravagante personaje de Wiseau, al que parece respetar y admirar. En este sentido, cabe reseñar que el mito en torno a Wiseau está casi hagiografiado, y aun así se siente fascinación hacia lo que nos narra. Esto se produce porque parece evidente que todos se la pasaron bien haciéndola, y nos contagian ese buen rollo a los espectadores. Esto solo no sería suficiente si no fuera porque todos los elementos de la película están perfectamente medidos, perfectamente colocados en el relato para que no haya apenas altibajos. Es una película que cae bien, sin forzar los mecanismos de la empatía, lo cual ya es bastante complicado y complejo.  Gustará a la mayoría, hayas visto o no The Room.

The disaster Artist

The Disaster Artist

Con The Disaster Artist ponemos así la guinda al Festival, coincidiendo además con mi marcha de la ciudad, en un inmejorable final que hace que te marches con una sonrisa de oreja a oreja, y te quedes desde ya deseando poder volver a tener la oportunidad de retornar a esta mágica ciudad el año que viene, y todos los siguientes.

Carlos Rodríguez.

La guerra del planeta de los simios

La guerra del planeta de los simiosY cuando parecía que esta saga no podía dar más de sí, llega Matt Reeves y se marca, por sorpresa, toda una señora película, bastante alejada de los estándares comerciales esperables en el típico blockbuster veraniego. Porque los antecedentes no eran especialmente halagüeños: ni El origen del planeta de los simios ni El amanecer del planeta de los simios me parecen lo suficiente profundas o atrevidas como para evitar esa tipificación. Si bien es verdad que en la segunda entrega de la saga se atisbaba una cierta originalidad, no tanto en su estructura narrativa sino más bien en cuanto a las temáticas y a los hallazgos visuales, finalmente no estaba tan lejos de cualquier otro producto de consumo de masas típico. Sin el suficiente atractivo específico que la dotase de personalidad propia, aunque, reconozcámoslo, sí superior a la media.

Así, y más siendo una secuela de la secuela, cabría esperar un producto acaso carente de ideas, acaso convencional, acaso falto de personalidad (¿terceras partes nunca fueron buenas?). He ahí la sorpresa: posee más de todo esto que las dos películas anteriores, con un nivel de inventiva que sorprende casi ya desde el potente arranque del filme, para luego no decaer en ningún momento.

En primer lugar, destaca su estructura narrativa, con un aroma a cine clásico para nada esperable, que comienza como el típico western de venganza para acabar homenajeando a películas como Apocalypse Now, Espartaco, La gran evasión y el cine sobre el holocausto en general. Pero lo importante no es solo su variedad de referentes, sino que los diferentes matices narrativos están trazados de manera totalmente orgánica, con profundidad en su exposición temática, con un control del ritmo cinematográfico envidiable, combinando escenas intimistas de ritmo moroso con el drama épico, con pequeñísimas pinceladas de comedia o, claro, con la acción típica que cabría esperar en un blockbuster que, no obstante, se ofrece con cuentagotas y de forma absolutamente justificada. En este sentido, lo que entiendo que para muchos podría ser una decepción, para mí es todo un acierto.

En cuanto al dibujo de sus personajes, en La guerra del planeta de los simios nuevamente se opta por desarrollar mucho más ampliamente a los propios simios que a los caracteres humanos. Casi todo el peso de la narración recae en ellos, adquiriendo una profundidad en su construcción que es per se una decisión temática: los simios son más humanos que los propios humanos. Esto supone también una evolución (o acaso más bien un desarrollo) con respecto a la temática de El amanecer… en la que se comparaba a las dos especies, se estudiaban las relaciones entre el bien y el mal y se concluía que es esa dicotomía la que define tanto a la especie humana como a la de los simios, siendo ambos incapaces de huir de ella. En La guerra…, en cambio, se reflexiona en torno a la propia esencia humana, sobre qué nos hace humanos. Para ello, se expone un paralelismo evidente pero no por ello menos potente: los humanos se dibujan como nazis, como una especie peligrosa para sí misma, que acabará autodestruyéndose inevitablemente; los simios, son el nuevo ideal humano, que ha de “escapar” (literal y metafóricamente) de los nazis que los mantienen cautivos, para poder al fin constituirse como la nueva especie que reine un planeta de simios.

La guerra del planeta de los simios 3

Los cuatro protagonistas, al más puro estilo western

En este sentido, el guion es muy potente, su historia de casi dos horas y media engancha, pero los méritos de la película no quedan ahí. El apartado técnico también es envidiable. No solo el diseño de los simios sigue sorprendiendo por su perfección (aquí aún más pulido), es que posee unos hallazgos visuales más imaginativos y atrevidos que el 90% del cine que se estrena actualmente, sobre todo en estas épocas estivales. Por mencionar algunos, los momentos con César en la guarida del Coronel, esa guerra entre humanos en segundo plano, la escena del suicidio (rodada fuera de campo, con austeridad), o toda esa profusión de primeros planos expresivos. Todo ello pasado por el filtro de una fotografía más que destacable, que combina ambientación intimista con paisajes abiertos.

En el apartado actoral, Serkis renueva sus méritos interpretativos y seguramente vuelvan a elevarse voces pidiendo reconocimientos a modo de premios. Y con razón. Por momentos, el odio que dibuja su rostro (desconozco hasta qué punto mérito del actor, hasta qué punto mérito de los animadores) me recuerda al de aquel Judá Ben-Hur interpretado magistralmente por Charlton Heston. La profundidad de los matices emotivos que despliega tanto la construcción escrita como la interpretada de su personaje carga gran parte del peso dramático de la película. Luego tenemos un plantel de secundarios simiescos sin tanta personalidad, pero incluso mejor definidos que en la anterior entrega. Sin olvidarnos del trasunto de Coronel Kurtz, que interpreta aquí Woody Harrelson, cuyo desarrollo es inusitadamente profundo y rico (sobre todo en función de una presentación del personaje algo tosca), aunque sin demasiados matices actorales.

La guerra del planeta de los simios 2

Andy Serkis como el simio César

La última de las sorpresas la depara el gran Michael Giacchino con su fantástica partitura. Si su trabajo para El amanecer… ya superaba con creces el funcional apartado musical de la primera entrega de la saga, en La guerra… parte de cero para crear un panorama basado en dos o tres temas principales (geniales) que vertebran la construcción musical de toda la película y se desarrollan cinematográfica y dramáticamente combinando diversas instrumentaciones, empleando los instrumentos solistas como el piano para momentos intimistas y ampliando la instrumentación con orquesta para las escenas más expansivas, allá por el final de la película, casi como acostumbraba a hacer el maestro Akira Kurosawa en la mayoría de sus filmes. Crea así su partitura con más fuerza desde aquella maravilla que compuso para Up, coadyuvando activamente para implicar al espectador emocionalmente, pero desmarcándose lo justo con una personalidad propia y destacable.

Estamos, en definitiva, ante un (¿)cierre(?) de saga que supera ampliamente las expectativas, que sorprende por su potencia narrativa, por su profundidad dramática y por las temáticas abordadas. El que acuda al cine esperando escenas de acción por doquier, con monos con metralleta luchando contra tanques constantemente, posiblemente se vuelva decepcionado (en este sentido, su título puede ser engañoso). Para los demás, es de sobra recomendable y supondrá un cierre a la saga que eleva a la misma muchos enteros.

Nota final: 7/10.

Carlos Rodríguez.

Alien: Covenant

Alien Covenant

Parece estar de moda señalar que el señor Ridley Scott está en horas bajas, de capa caída. Pero yo me pregunto: ¿cuándo no lo estuvo? ¿Alguna vez hubo ahí verdadero talento? Porque, con cada nueva película suya no me queda más que constatar los terribles problemas de Scott para insuflar vida a sus películas. Es decir, admitida la notable excepción de sus primeras dos o tres obras maestras, ¿queda algo de ese genio? ¿Fue un caso más de eso tan habitual en música llamado One-hit wonder (como digo, tres en este caso)? ¿Se debió su éxito verdaderamente a un cúmulo de casualidades y elementos que, en estado de gracia cuasi divina, se unieron en el lugar y momento adecuado? En cualquier caso, aquello queda ya muy muy lejos, y por más que los fans nos afanemos en encontrárselo de nuevo, mucho me temo que esa calidad no va a volver.

Yendo a lo que nos atañe, Alien: Covenant tiene su razón de ser en el empeño infructuoso de Scott en tratar de emularse a sí mismo. Por el camino, comete un pecado mortal para cualquier artista: autocopiarse. Esto suele ser sinónimo de autocopiarse sin conseguirlo, haciéndolo eminentemente peor. Pues esto es Alien: Covenant, en líneas generales.

Por suerte, hay algún atisbo de refrescar la propuesta mediante una intención claramente esteticista y diferenciadora de todo lo que nos había traído el mundo de Alien hasta la fecha (creo que uno de los mayores méritos de sus secuelas más inmediatas es saber alejarse del tono de la original y buscar sus propios caminos, aunque acaben copiando el esquema narrativo). Su estética, como digo, es oscura, y su puesta en escena es más cuidada y estilizada que la de su predecesora Prometheus. Todo el comienzo de la película, además, está bien narrado y, aunque no aporta nada particularmente interesante, sí mantiene la tensión razonablemente bien.

Hasta aquí lo bueno del trabajo de Scott. Ahora los fallos. El primero de ellos, lo mal escritos que están los personajes protagonistas. Esto era un problema que también notábamos en Prometheus, pero aquí es aún más evidente. A Scott y sus guionistas les cuesta horrores implicar al espectador en una historia copada de personajes unidimensionales (y uni es decir mucho. Adimensionales, mejor) que no nos importan lo más mínimo. Y mientras en todo el comienzo se atisban huecos sobre los que poder desarrollar adecuadamente a los personajes, todo se desinfla a medida que el caos comienza a reinar sobre una cinta que se acaba volviendo histérica, todos comienzan a morir de las maneras más tontas y precipitadas, y lo peor, nos da un poco igual.

Es aquí, a partir de la segunda mitad de película, cuando la cinta se desata, para mal, en este caso. Porque todo lo bien medido del principio se echa a perder cuando aparece la brocha gorda y todo se vuelve tosco, predecible y carente de emoción. Los problemas narrativos son imperdonables; la decisión de hacer avanzar la historia mediante tanto blablablá me parece totalmente desacertada y anticlimática.

Describamos ahora lo concreto. Si Alien tenía como protagonistas absolutos al monstruo y a una inolvidable Ellen Ripley, esta película se la traga enterita ese genial actor llamado Michael Fassbender. Scott tiene mucha suerte de contar con él. Hasta parece acertada la decisión de otorgarle un doble papel, por mucha mierda que le hagan decir (la temática principal de la película, esas dicotomías entre creador-creación, y su relación con el existencialismo robótico, aparte de estar más que vista y trillada, no adquiere un desarrollo de interés en la película) y, de hecho, las escenas de conversación consigo mismo me parecen las únicas de verdadera potencia cinematográfica de toda la película. Un ligero oasis que ni siquiera debería haber sido cuando a lo que se viene es a ver al Monstruo.

Recapitulando, sus méritos hacen que evite la quema, aún a pesar de los problemas narrativos y de puesta en escena de Scott, pero su evidente falta de vida, de alma, la hacen tan irremediablemente sosa que me temo es la peor de una saga que, recordemos, cuenta con Prometheus en la lista. Sin escenas que permanezcan en la retina, sin emoción real, sin personajes humanos carismáticos. Es, en última instancia, simplemente olvidable.

Nota final: 5/10.

Carlos Rodríguez.