Las 10 mejores películas de 2019

Terminado este 2019, es momento para hacer balance cinéfilo. Aún son unas pocas las películas que quedan por ser estrenadas en España, pero ya podemos recopilar una más que interesante lista con las mejores producciones de este año. Un año, en general, especialmente interesante, con gran cantidad de películas que destacan por encima de la media, lo que complica sobremanera elegir solamente 10. Fuera quedarán, por muy poco, algunas como el emocionante documental Tell Me Who I Am, la exitosa Vengadores: Endgame, la española La trinchera infinita, la original Vivarium o la recientemente estrenada en Netflix Historia de un matrimonio. Al final, hay que elegir, y las afinidades personales, temáticas, o simplemente su capacidad para ser más memorables son factores determinantes.

Dicho lo cual, comenzamos a listar, de buena a mejor.

10- John Wick: Capítulo 3 – Parabellum (Chad Stahelski)

John Wick 3

La última entrega de la saga John Wick es también la más depurada formalmente. Y parecía difícil cuando las dos anteriores entregas se caracterizaban por una elegancia en la puesta en escena muy poco prodigada en este tipo de cine. Asentado ya como icono posmoderno para las nuevas generaciones de cinéfilos, el ya mítico personaje interpretado por un incombustible Keanu Reeves (que se halla viviendo una segunda juventud) se enfrenta aquí al todo por el todo. A pesar de que en algunos momentos es el perfecto ejemplo negativo de aquello de que “menos es más”, la película sigue atrapando en su desenfadado carácter y espectacularidad visual. Nunca coreografía y fotografía habían vivido una comunión tan cercana en una película de acción sin, por otro lado, excederse en sus pretensiones fílmicas.

Lastrada por la ausencia del factor sorpresa y, sobre todo, por una parte final que eminentemente no está a la altura de su emocionante y creativo arranque, no se le puede negar el deleite general que queda tras su visionado, por lo que, sin alcanzar puestos más elevados, entra en la lista por poco, y termina de confirmar la solidez general de una saga que, esperemos, no acabe estirada hasta que se nos agote el amor de tanto usarlo.

9- Parásitos (Bong Joon-ho)

Parásitos

Tras una década de éxitos en la cinematografía coreana, la primera de este siglo, con la explotación del thriller como bandera (Oldboy, o la misma Memories of Murder), la década de los años 10 no ha ofrecido tantos éxitos y, si lo ha hecho, ha sido cambiando de tercio radicalmente, como en el caso de Burning (Lee Chang-Dong, 2018) o de las últimas películas del propio Joon-ho. Parásitos no es solo la guinda de esta tendencia sino, posiblemente, también la cinta más refinada de su autor. Probablemente, también la más laureada.

La investigación social y de clases, que ya había trabajado su director anteriormente, aquí se pone al servicio de la comedia negra. Y durante la mayor parte del metraje, simplemente, funciona. Los marcianos personajes poseen carisma y los diversos gags humorísticos se entremezclan orgánicamente con toda una amalgama temática que va del drama a la intriga, algunos toques incluso de terror y, finalmente, al melodrama. Es quizá ahí donde la tendencia al exceso, mal endémico y sempiterno del cine coreano, hace aguas y estropea una función que se alarga en demasía y atraviesa lugares que quizá habría sido mejor obviar. Una función que, hasta los últimos 20 minutos, era modélica: manejo del espacio a la altura de Hitchcock, sentido del ritmo insuflado por una calculada dicotomía orden-caos, y crítica social aligerada por la mala leche de un humor que en ocasiones roza el surrealismo. Joon-ho, dechado de creatividad en los encuadres (como atestigua prácticamente toda su filmografía), realiza aquí uno de sus trabajos más pulidos tras la cámara, planos ricos en los que se fusionan múltiples capas, que obligan al espectador a trabajar activamente con la mirada.

8- ¿Qué co#o está pasando? (Marta Jaenes, Rosa Márquez)

que coño esta pasando

No ha sido 2019 un año especialmente interesante para los amantes del género documental, pero es un placer confirmar que uno de los mejores se ha rodado en España. Producido por Netflix, ¿Qué co#o está pasando? es una investigación sobre el contexto del feminismo actual en nuestro país. Un tema que se puede abordar, y se ha abordado, desde múltiples perspectivas. Formalmente, este documental decide ceñirse al formato entrevista. Su éxito reside en su capacidad para crear debate mediante el montaje, contraponiendo opiniones encontradas, en su impecable estructura y en su atrevimiento a la hora de tratar temas controvertidos. No se posiciona: se compromete. Es un acierto dejar hablar a las protagonistas, que a su vez suelen ser lo suficientemente elocuentes como para mantener el discurso atractivo para el espectador (algo, a mi entender, crucial).

En tiempos en que existe un movimiento feminista fuerte, pero en que alguna parte del mismo parece resistirse a la crítica (más que ningún otro movimiento social), no deja de ser valiente plantear según qué debates (la prostitución o el cine porno como espacios de igualdad). Y este documental lo hace con una claridad expositiva sorprendente, desarmante. Aunque solo fuera por su excelente valor didáctico, ya merece la pena su visionado.

7- Lo que arde (Oliver Laxe)

lo que arde 2

En cambio, sí que ha sido un año especialmente bueno para el cine español. Lo que arde, del gallego Oliver Laxe, viene a confirmar que aún quedan buenas ideas y buenos creadores que emergen de cuando en cuando. La historia, un hombre sale de la cárcel tras cumplir una condena por pirómano, va a vivir con su anciana madre, trabajadora del campo, y no puede huir de la eterna sospecha, del estigma social. El metraje equilibra deliciosamente su mirada, aséptica y lejana, con un costumbrismo temático que cala hondo, y asienta sus bases en la exploración de los límites entre documental y ficción. Sus imágenes, a veces enternecedoras, a veces de una fuerza rabiosa, siempre resultan hipnóticas, fantástica fotografía de una Galicia en llamas de Mauro Herce. Una de las películas más extrañamente bellas rodadas este año en España.

6- Joker (Todd Phillips)

Joker

La más que cacareada capacidad de Joaquin Phoenix, protagonista de Joker, para meterse en la piel de sus creaciones actorales y ser el personaje que interpreta, le convierte quizá en el último gran exponente de los actores del Método. Esto es sin duda una ventaja cuando se trata de representar a un ser poliédrico como es el Joker que nos dibujan Todd Phillips y Scott Silver, pero en ocasiones, como esta película atestigua, puede también llegar a ser algo estomagante, rozar la sobreactuación. Lo cierto es que el personaje, desquiciado, traspasada ya la barrera de la locura, se presta a ello, y en ese sentido, el histrionismo está más que justificado.

La historia de Joker se centra, cual biopic ficticio, en la juventud del famoso antihéroe de DC antes de ser el villano tan prodigado en los cómics. La novedad, el tono realista y dramático con el que Phillips decide abordar la historia, alejado de la ligereza habitual en las tramas sobre superhéroes. Este tono se plantea más adecuado para la exploración de la raíz social del mal, y les sirve también a los guionistas para abordar, aunque sea soslayadamente, una crítica al sistema social de tratamiento de las enfermedades mentales en EE. UU.

Lo cierto es que la cinta se sostiene en gran medida gracias a la hipnótica interpretación principal, convertida en el mejor garante del espectáculo en este guiñol freudiano sobre el origen del mal. Su mayor mérito, el don de la oportunidad: haber sabido ser de los primeros en tomar como referencia un género tan manoseado y transformarlo en cine social de primer nivel, sin discursos ni soflamas, sin perder un ápice de frescura ni, y esto es lo importante, traicionar los orígenes pulp del material de partida.

5- Doctor Sueño (Mike Flanagan)

Doctor sueño

El nuevo trabajo de Flanagan tras la más que notable La maldición de Hill House es una secuela directa de la cinta clásica de Kubrick El resplandor y también una adaptación de la novela homónima de Stephen King. La tarea era complicada porque el referente principal, la película de 1980, es una de las películas de terror más influyentes de la historia. El éxito de Flanagan en Doctor Sueño es saber conjugar a la perfección (y para mi sorpresa) nostalgia con novedad, reverencia con personalidad.

Muchos de los temas aquí abordados ya fueron explorados en su exitosa serie, pero lo que en aquella podía llegar a resultar cargante, en Doctor Sueño se hila a la perfección con una historia de fantasmas más asentada, con unas reglas internas más atractivas, puestas al servicio de una trama más certera. El tratamiento del fantasma, que en su serie se abordaba casi siempre desde una perspectiva melodramática, aquí adquiere un cariz más terrorífico, habitante de un mundo nihilista y desesperanzador. La película transita entre sus dos focos argumentales con acierto, estructura perfecta en la que el nexo de unión acaba siendo el famoso Hotel Overlook, momento que le sirve a Flanagan para asirse a Kubrick, sin perder un ápice de atrevimiento (los actores nuevos mimetizando a los clásicos, la sala de calderas como corazón de un edificio vivo, el relato multicapa).

En el futuro, se recordará como la película que explotó, por fin, y sin necesidad de enmendar la plana al original, el “resplandor” como leitmotiv.

4- Dolor y gloria (Pedro Almodóvar)

Dolor y gloria

Lo que con la cinta de Oliver Laxe era tendencia aquí es ya confirmación. Y es que el mejor año para el cine español de los últimos tiempos es también la culminación de toda una carrera de éxitos de nuestro director más importante. Dolor y gloria, para el que escribe el cénit artístico de la carrera del manchego, es su trabajo más depurado formalmente, el más embriagador artísticamente, y también, de paso, uno de los más emocionantes a nivel dramático.

Cine terapéutico, vertebrado por la historia personal del propio director, personificado en su álter ego Salvador Mallo e interpretado con soltura por el mejor Antonio Banderas posible. La sensibilidad casi pictórica del calzadeño se pone al servicio de una narración que, lejos de ser un ejercicio onanístico de autorreflexión, consigue involucrar al espectador a través de una serie de escenas de creatividad desarmante. Los continuos cambios de foco y tono narrativos aportan frescura y ritmo, y por el camino nos regala momentos impagables, como ese reencuentro con un viejo amor, el momento en que el niño descubre su homosexualidad, o esa reconciliación imposible con su madre, fantástica rúbrica final con significación metafílmica.

Tras un más que abigarrado intento en Julieta, Almodóvar al fin consigue aunar en una cinta lo mejor de su (última) filmografía, trascendiendo su autoconsciencia temática y referencialidad posmoderna para, irónicamente, conseguir su relato más profundo y accesible para todos. Incluso para aquellos que no suelen disfrutar de su cine.

3- El irlandés (Martin Scorsese)

El irlandés

Con Scorsese poseo ciertos reparos. Si bien su cine anterior al siglo XXI se confirma como uno de los más influyentes de la nueva ola de cineastas estadounidenses, su filmografía tardía no deja de ofrecer una de cal y otra de arena: del éxito de Shutter Island al engendro de La invención de Hugo; de la enérgica El lobo de Wall Street al quiero y no puedo de Silencio. Pero celebro con sorpresa que el enésimo abordaje de una temática que, por otro lado, no me encandila, la de las mafias, esté a la altura de su mejor cine. De Casino y de Uno de los nuestros.

La visión de Scorsese hacia la mafia ha cambiado, y esto es lo más importante de toda la película. Una película en la que la mayoría de decisiones están justificadas. Porque, sí, era necesario hacer vivir al espectador durante tres horas y media junto a estos personajes para que ese final tuviera sentido. Acostumbrarse a un tempo lento no es malo y, como es ejemplo en El irlandés, puede redundar en una mayor memorabilidad para con la cinta. Lo característico es que aunque la forma de narrar alude al cine clásico, su fondo es netamente posmoderno, nihilista, y en este sentido la película cobra un valor capital, insertada en una filmografía tan relevante e influyente como la del neoyorkino. No se trata ya de desmitificar y censurar el mundo de la mafia (esto no es nuevo, y el cine estadounidense lo lleva haciendo desde tiempos de Wellman y Curtiz), sino de despojarle de significado, más medio que fin, en un ejercicio que, en el fondo, y en ocasiones, tiene más que ver con el cine de Nicolas Winding Refn (tómese la comparación con todas las comillas que se quiera) que con la visión romántica de los 70, 80 y 90.

Para la posteridad, quedarán además las tres interpretaciones principales, a destacar el rescate de un Joe Pesci alejado de aquellos papeles a los que parecía recluido para ofrecer un personaje denso y poderoso, que lo controla todo con el poder de la mirada, y un Al Pacino fresco, en forma, como no se le veía desde tiempos de Esencia de mujer. También escenas para el recuerdo, como las conversaciones íntimas entre Sheeran y Hoffa, o ese tremendo plano final, puerta entreabierta que dialoga con El padrino.

2- Midsommar (Ari Aster)

Midsommar

Una de las mayores promesas del cine de terror actual tras la genial Hereditary, se asienta ya en su segunda película como uno de los principales exponentes del terror arty de nuestro siglo. Marcando tendencia hacia lo que parece se puede dirigir el presente y el futuro del género, Midsommar plantea un nexo de unión entre el posmodernismo actual y las temáticas de los años 70.

Tras un arranque brutal, excelente e impía explicación de las motivaciones de su personaje principal, apenas se vuelve a aludir a él en todo el metraje, pero ni falta que hace: es tan impactante, que pervive en el recuerdo tanto de Dani como del espectador. La desolada y rota interpretación de Florence Pugh es un activo que vale su peso en oro. Pero, como suele pasar en este tipo de cine, las pretensiones arty hacen prevalecer el ego de su director. No molesta; más aún, su creatividad, que toma como punto de partida elementos de El hombre de mimbre y los entremezcla con la influyente y reciente La bruja, tiene el sentido de un cuento de hadas, de una fantasía cruel y extrañamente luminosa en la que el espectador sobrevive con el temor de que cualquier cosa puede ocurrir en cualquier momento.

Cierta tendencia a la sobrexplicación y algún secundario peor dibujado pueden lastrar la calidad de la cinta, aunque al final nos queda un conjunto de escenas memorables en las que se impone la sensación general, potenciada por una banda sonora de motivos circulares, de haber participado de un espectáculo único e inquietante, con múltiples matices tonales y maliciosamente bello.

1- El faro (Robert Eggers)

El fato

De la misma generación de nuevos directores de cine de terror emerge como punta de lanza la figura de Robert Eggers, que consiguió con su ópera prima La bruja una de las películas más influyentes del género de los últimos años.

El faro sigue la historia de dos fareros que van a parar a una isla remota en la Nueva Inglaterra de 1890. Allí, realizarán las pertinentes labores de mantenimiento del faro, y pronto surgirá el conflicto. El estudio del espacio como elemento alienante del individuo es modélico. Cámara, fotografía y banda sonora se conjugan para oprimir a sus protagonistas, fantástica interpretación en un intensísimo duelo actoral entre Dafoe y Pattinson como hacía tiempo no veía en pantalla. La temática, pero también la atmósfera, posee tintes lovecraftianos, criaturas abisales que perturban en sueños a los personajes, dificultad para discernir entre lo real y lo imaginado, y pérdida irremediable de la cordura, espiral de locura in crescendo que desemboca indefectiblemente en ese prometeico final. La multirreferencialidad en El faro, no obstante, siempre está al servicio del relato, que inquieta sin ser explícito, y apabulla por su calidad intrínseca. Uno de los mejores diseños sonoros que yo recuerdo (eterno zumbido de un faro amenazante y con vida propia, sonidos que se distorsionan junto a la lucidez mental de los personajes) no solo confirma el talento de Eggers, sino que también rubrica este 2019 como el mejor para el cine de terror de toda la década.

Carlos R. Hervás

Crónica Festival de Cine de San Sebastián 2019

Como siempre, vamos a desgranar lo que he tenido la ocasión de ver este año en la nueva edición del Festival de Cine de San Sebastián, ya en su 67 cumpleaños. Y, por primera vez, lo haremos en forma de lista. De lo peor a lo mejor, aquí van las 19 películas.

19- Vendrá la muerte y tendrá tus ojos

Vendrá la muerte y tendrá tus ojos

Se trata de una película chilena que habla de la enfermedad en el seno de la pareja y de cómo esta afecta a sus relaciones internas. En este caso, entre dos mujeres cuyo amor es incondicional. En realidad, nada nuevo bajo el Sol. Pero no es esa falta de originalidad lo que me molesta. Sin irnos muy lejos, hace bien poco Fernando Franco presentaba en este mismo Festival Morir, hablando de lo mismo pero con resultados mucho más satisfactorios, y a muchos niveles. El caso es que hacía tiempo que no veía una película tan pagada de su propia pretensión y ampulosidad. En un intento fútil por manipular las emociones de los menos avezados (o del más cool, según se mire), el director José Luis Torres Leiva debe pensar que podemos tragar con los interminables primeros planos de sus actrices, y deleitarnos con ellos. Lejos de transmitir cercanía o intimismo, el espectador pierde la referencia espacial y el lirismo que despliega me empalaga, me resulta fuertemente antipático. Así pues, la película queda vacía en su pobre descripción del duelo, torpedeada una y otra vez por un ritmo en exceso moroso, sin que la belleza de sus imágenes, que no la hay, compense lo más mínimo el esfuerzo. Los personajes, en eterno compungimiento, se pasan toda la película con la misma expresión facial, y solo rompen la monotonía dos insertos de historias dentro de la historia, que si bien parecen aportarle algo de frescor al relato, la conexión con la trama principal parece algo dudosa cuanto menos, intrascendente y, en última instancia, un experimento fallido. En resumen, sencillamente podemos estar hablando de lo peor que he visto nunca en San Sebastián.

18- Zeroville

zeroville

Como de experimentos fallidos va la cosa, el nuevo trabajo de James Franco, sin ser tan insoportable como el anterior, acaso es más decepcionante, viniendo de todo un (merecidísimo) ganador de la Concha de Oro. Franco nos trae la historia de un personaje amante del cine que trata de abrirse paso en el Hollywood del cambio de paradigma, aquel cuya generación de cineastas, por primera vez, bebían de influencias netamente cinematográficas. Primero como constructor escenográfico y luego como montador de cine, en lo que se intuye un homenaje a la profesión. Como planteamiento, es original, pues nos propone un juego metafílmico en el que a medida que su personaje aprende el oficio, el relato se enrarece y el montaje es más caótico. El problema es que no termina de encontrar un equilibrio adecuado entre experimentación, comedia y narrativa. Al contrario, lo que debería ser gracioso está mal ejecutado, el desfile de personajes secundarios resulta anodino, el relato se estanca en demasiadas ocasiones debido a las constantes piedras que Franco se pone a sí mismo y, en este sentido, cabe destacar su horrenda interpretación principal. Los apuntes estéticos parecen aludir al universo posmoderno de Harmony Korine, sin lograr jamás su capacidad de evocación ni su hipnotismo, y la dirección de actores, empezando por la de sí mismo, al último Nicolas Winding Refn, pero sin su coherencia interna. James Franco parece dar tumbos buscando una voz cinematográfica propia, apoyado en múltiples referentes, pero es obvio que aún no lo ha conseguido.

17- The Audition

The auditioj

Como músico profesional, la temática me interesaba a priori: una profesora de violín cuya constricción social forja un carácter impredecible, irritable y frustrado en esencia, y se analiza cómo esto se transmite de arriba abajo, de madre a hijo, de profesor a alumno. El sentido vertical del constructo social ya nos da una pista de que algo no se está haciendo bien, y surgirá el conflicto. Por desgracia, el drama transcurre a ritmo de tortuga, aderezado con escenas intrascendentes, de la mano de una dirección planísima y de unos actores que no me interesan. Muy mal descritos algunos secundarios, como la pareja de la protagonista, con nula química entre ambos, y deficiente manejo del drama, excesivamente opaco y escaso. En la línea de este tipo de dramas centroeuropeos, se incluyen escenas duras, que en este caso devienen en molestas para el espectador, como aquella en que hace repetir a su alumno una y otra vez un pasaje de violín. Un intento de emular a Haneke, sin la fuerza y la inteligencia de aquel. El apunte más interesante de su directora es justo el plano final, que  eleva ligeramente su calidad tirando de mala baba y pesimismo.

16- The Other Lamb

the other lamb

En lo referente a la lista, a partir de aquí, entramos en el largo terreno de las medianías, que al final es de lo que más se nutren los festivales. The Other Lamb, película producida por, entre otras, la Zentropa de Lars Von Trier, parece ampararse en el universo estético y temático de sus producciones para narrarnos la historia de una secta en la que un líder posee toda una cohorte de acólitas sobre las que ejerce derecho de pernada. La temática sobre sectas no es novedosa, llega tarde. Tampoco su desarrollo ofrece conclusiones frescas. Por el contrario, su iconografía es pobre y sus metáforas se hallan subrayadas hasta el paroxismo. También adolece de una trama demasiado facilona y predecible, con un tono que en ningún momento termina de estar claro. Solo me interesa su ambientación, que una vez más encuentra en el bosque un elemento de misterio donde esconder al mal. Los paralelismos con Anticristo (Lars Von Trier, 2009) son evidentes, con algún homenaje directo bastante penoso. El plano final, una memez que provoca la risa involuntaria.

15-  Las letras de Jordi

Las letras de Jordi

Estimable en su intención, Las letras de Jordi, un documental español sobre una persona con parálisis cerebral, no termina de encontrar un equilibrio adecuado en la forma de abordar el tema. Estructurado en un 80% en torno a las conversaciones de su directora con Jordi, el principal escollo al que se enfrenta el espectador es que es muy difícil que el mensaje llegue de la mejor forma por las propias circunstancias del documentado: para comunicarse, Jordi emplea un papel con todas las letras del abecedario, que va señalando una a una. A pesar de que la mirada de su directora es respetuosa, y se muestra totalmente comprometida a desentrañar el mundo interior de su protagonista, es un hándicap demasiado grande cuando se trata de buscar la mejor forma de comunicarlo. La película se estanca ahí y es imposible sacarla del atolladero formal. Lo que más me interesa, es la evolución en la relación entre entrevistado y entrevistadora, que nos muestra cómo, a través del proceso de grabación del documental, esta va obteniendo una paulatina mejora en la comprensión, van adquiriendo un vínculo mayor y la fluidez en la comunicación comienza a mejorar. Los aderezos y apuntes sobre religión no terminan de encajar bien. Por tanto, y a pesar de su conciso metraje, los alicientes no compensan.

14- Mientras dure la guerra

Mientras dure la guerra

La nueva película del celebérrimo Alejandro Amenábar nos narra, en clave de drama histórico, los días de Unamuno en Salamanca durante la sublevación militar fascista. El talento de Amenábar se intuye más comercial que otra cosa. Sabe simplificarlo todo para, haciendo gala de un didactismo molesto, llegar al gran público, que posiblemente disfrute de este ejercicio fútil de contarnos no se sabe muy bien qué. Porque, si lo que pretendía era homenajear a Unamuno, yo me pregunto qué habrá hecho el pobre para merecer semejante trato. Vaya por delante que la tarea era difícil de base, dada la naturaleza contradictoria y compleja del personaje. Pero eso no exime a su autor de responsabilidad cuando nos describe a un Unamuno sentencioso (la cultura del zasca trasladada de forma chabacana a los años 30), huraño pero bonachón, cuyo único afán es no mojarse hasta que, y solo exclusivamente por eso (bueno, y también si alguien “redacta mal”), secuestran a sus dos amigos. Las ideas que pone en su boca son igualmente pobres y diría que hasta peligrosas, como lo de que en España “unos y otros tienen parte de culpa, izquierda y derecha siempre discutiendo”. Si pobre es el retrato de Unamuno, caricaturesco es el de los militares del bando nacional, mención especial a un Millán Astray horrendo, escrito equivocadamente como descargo cómico. La producción de cartón piedra y su escritura deficiente hacen que, en resumen, no me crea nunca el guiñol, pero, lo que es peor, que me resulte hasta vergonzoso por momentos.

13- Y llovieron pájaros

Y llovieron pájaros

La directora canadiense Louise Archambault nos trae este drama sobre un grupo de viejos ermitaños, su forma de afrontar la vida, y cómo acaban “adoptando” en su pequeña comunidad, de forma improbable, a otra anciana con enfermedad mental. La ternura con la que relata algunos de sus pasajes contrasta con el convencionalismo en las formas y con la excesiva reiteración de algunas ideas, como hacer cantar en demasiadas ocasiones a uno de sus personajes, empleando la música para transmitir su mundo interior. Acaba cansando. Eso sí, cuando la cámara se aleja del lago donde viven los ermitaños, la película pierde muchos enteros, amén de los personajes de la fotoperiodista y del trabajador del hotel, cuya relación está mal escrita y carece de interés. Al final, tenemos una película que no molesta, y quizá ese es precisamente su punto débil, cóctel descafeinado, plagado de decisiones dudosas y con un metraje inflado que no termina de convencer. Nadie la recordará.

12- Los miserables

Les miserables

Recientemente premiada en Cannes, Los miserables es un drama social francés de Ladj Ly sobre la delincuencia en el barrio de Montfermeil en París. Posee una estructura narrativa algo amorfa; la película avanza con un drama central algo pobre y con una trama que recuerda a otras cosas que ya has visto antes (Training day, por ejemplo), pero con un esquema formal reiterativo y plano. Se tiende al maniqueísmo y, por ende, a la simplificación en la construcción de los arquetipos, amén de todo un desfile de secundarios anodinos. También a la exageración de los elementos descriptivos de la miseria y a la recreación excesiva en los mismos. Cuando, en determinado punto de la película, esta parece que va a terminar, aún prosigue casi 20 minutos más, en una jugada que, ciertamente, me descoloca, pero me acaba convenciendo acaso porque son las escenas de más fuerza de todo el metraje. Lástima esa tendencia al tremendismo y a la moralina más burda, al estilo de American History X, que destruyen una película en la que se intuye el talento, pero puesto al servicio de la espectacularidad y la manipulación.

11- Sorry We Missed You

Sorry we missed you

Con defectos similares, este otro drama social, ahora del británico Ken Loach, recuerda más a las películas de los Dardenne por temática. Pero, ante todo, es un guion más de Laverty al servicio de Loach, para lo bueno y para lo malo. Tocaba ahora hablar del problema de los falsos autónomos trabajando para empresas como transportistas sin apenas derechos laborales. Brillante el arranque, en el que se describe la situación del protagonista a través de una simple entrevista de empleo (“no trabajas para nosotros, trabajas CON nosotros”). La trama, como casi siempre en Loach, es una excusa para hablarnos de la eterna lucha del proletariado frente al capitalismo voraz. Para mostrarlo, Laverty describe personajes, familias, eternamente al borde del precipicio, inermes ante cualquier contratiempo. Pero es precisamente su tendencia a recrearse en la miseria de la familia protagonistas lo que hace que se atasque. Me es difícil creer tanto contratiempo. Mientras, aderezos de sentimentalismo barato y obvio trufan la historia de este héroe moderno que lucha por sacar adelante a su familia, enfrentado a un trabajo alienante y a un hijo rebelde pero bueno en el fondo. Demasiado simplista.

10-  Patrick

Patrick

Aunque por los pelos, más pasable es esta película portuguesa sobre un chaval de 20 años que fue secuestrado y arrancado de su familia con 8. El nombre de Patrick es empleado durante la película como sinónimo de una nueva identidad, forjada durante los años posteriores a su secuestro, en contraste con Mário, su nombre de nacimiento. Este dualismo se explora a través de un viaje a su infancia, reencontrándose con una madre que también perdió algo de sí misma cuando Mário desapareció. Nunca volverá a encontrar lo perdido. En este sentido, la película es rica en su escritura y me interesa la hondura de sus dolorosas conclusiones. Interesantes son también los apuntes en torno a su tormentosa relación con el secuestrador. El problema principal es formal. La dirección, demasiado plana, y sus imágenes, de irregular calado, no ayudan a hacer más digerible el trago. Tampoco el exceso de hermetismo en la escritura del personaje principal, irremediablemente antipático, a pesar de que es el motor de las emociones del film. Esto, unido a un ritmo moroso que se deleita demasiado escudriñando los rasgos físicos de su protagonista y sus intrascendentes desplazamientos, más algún que otro agujero de guion, la hace una película difícil, y torpedea el fluir de la trama. Los momentos mejor dirigidos, donde más se intuye el genio detrás de la cámara, son aquellos que describen la relación con su prima, de lo poco realmente bello en Patrick.

9- Proxima

Proxima

El contrapunto a la recién estrenada Ad Astra, que explora la relación paterno-filial, es esta película francesa de la directora Alice Winocour sobre una astronauta, interpretada por la fantástica Eva Green, que se dispone a realizar su primera misión larga en el espacio, teniendo que lidiar por el camino con los problemas habituales de ser madre y mujer en un mundo mayoritariamente dominado por hombres. El homenaje es pertinente y realizado desde una sensibilidad bien medida. Por el camino, algunas ideas interesantes, como ese momento en que los niños descubren por primera vez el significado de la muerte, que algún día ellos y sus padres morirán, o el miedo a la separación, brillantemente reforzado por la idea del astronauta que despega de la Tierra. Muy bien rodada la relación entre los personajes de Eva Green y su hija, interpretada por Zélie Boulant, transmitiendo complicidad y ternura. Lástima que la emotividad nunca termine de alcanzar altos vuelos. En determinada escena, recuerdos a París, Texas, el espectador se encuentra buscando un clímax emocional que no termina de llegar del todo. En parte, la interpretación comedida de Green funciona, pero la encuentro perdida a la hora de transmitir sentimientos profundos. Tampoco termino de creérmela del todo como astronauta. Menos aún a Matt Dillon, perfecto como asesino en serie en La casa de Jack, pero errático en este papel. El tramo final, con el momento del despegue del cohete, es bello y emocionante, acaso lo que más de la película, pero inmediatamente después Winocour añade un epílogo innecesario que no aporta nada.

8- La verdad

La verdad

La nueva película de Koreeda, en lo que ya viene siendo una tradición anual en San Sebastián, traslada con éxito a Francia el mundo fílmico del nipón, a través de la historia de una vieja actriz de éxito y las rencillas internas con su hija. Protagonizada por Catherine Deneuve en uno de los mejores papeles que le recuerdo en mucho tiempo, y por Juliette Binoche, algo más intrascendente, la comedia suave y el drama amable pero hondo que suelen vertebrar las películas de Koreeda se amoldan a la perfección a esta historia sobre la mentira, el orgullo y la mascarada en el seno de una familia acomodada francesa. El japonés tiene sobrado talento para narrar, para hacer avanzar sus pequeñas historias sin que perdamos interés. Deneuve, que parece de algún modo haber asimilado los gestos (y también la escritura) de los personajes habitualmente interpretados por la ya fallecida Kirin Kiki, musa de Koreeda, se echa la película a los hombros, como personaje central sobre el que orbitan el resto, con algún paralelismo con la Norma Desmond de El crepúsculo de los dioses. También es interesante observar cómo el japonés, con una tradición fílmica que bebe sobre todo de Ozu, asimila una sensibilidad más europea sin perder en ningún momento su esencia. La ausencia de concesiones al espectador y tal vez de mayor hondura en el tratamiento del drama (no me termino de implicar o emocionar del todo nunca) la hacen algo olvidable, pero es sin duda otro éxito, aunque moderado, en la excelente filmografía de su autor.

7- Monos

Monos

Elegida por Colombia para representarles en los Óscar, Monos es una película feroz y con nervio que narra la historia de un pequeño grupo paramilitar formado por adolescentes que han secuestrado a una mujer americana. La estilización de manos de su director Alejandro Landes está medida con precisión de cirujano: en todo momento elige la fotografía adecuada, el movimiento de cámara adecuado, o el plano fijo cuando es requerido. También la disposición de los elementos en el cuadro se halla perfectamente estudiada. Todo esto coadyuva en una película que destila rabia y fuerza, una extraña belleza de la violencia, del terror. Las interpretaciones son fantásticas, pocas veces unos actores tan entregados a sus papeles, rayano lo doloroso, tan físicos pero también con sentimientos al borde del colapso. La música es un elemento que genera tensión con una creatividad reseñable. El problema de Monos es que la trama parece estancarse en demasiadas ocasiones, y añadir elementos de repetición, o formularios, en otras tantas. El aporte de exotismo le viene muy bien a la mezcolanza de referentes, que van desde La chaqueta metálica, pasando por El señor de las moscas o, incluso, Defensa, de John Boorman. Una película más que estimable.

6- El tiempo contigo

El tiempo contigo

Tras el exitazo internacional de Your Name, Makoto Shinkai, erigido en uno de los nuevos máximos referentes del anime tras la (¿)retirada(?) de Miyazaki, se propone repetir el éxito de aquella (como muestra, su elección por Japón para representarles en los Óscar) empleando la misma fórmula: una historia de amor central entre dos adolescentes en la que media algún tipo de elemento fantástico. En este caso, la protagonista (aunque la película se posiciona en el punto de vista del chico) posee el poder de manipular la meteorología a su antojo. En un Japón eternamente lluvioso, ella es la única persona que puede traer la luz. La metáfora funciona a la perfección en la lógica interna de la película. Sin embargo, lo que en Your Name redundaba en una variedad de situaciones divertidas, aquí pronto se hace repetitivo. Reconozcámoslo, la nueva idea da menos juego, o al menos está algo más desaprovechada, que el intercambio de cuerpos de Your Name. Mientras que el preciosismo del dibujo de Shinkai sigue desarmando al más duro, el sentimentalismo llega a estar tan subrayado, sobre todo a través de la tramposa música, que acaba empalagando. Una mezcla de sensaciones curiosa en la que a veces la cantidad de azúcar es aceptable (a nadie le amarga un dulce, que se dice) y, en otras, corremos riesgo de contraer diabetes tipo 2. En su tendencia al exceso, le cuesta mucho despedirse, e incluso recurre a la misma fórmula que en Your Name. Con todo y con eso, los amantes del buen anime encontrarán en El tiempo contigo un producto casi de culto, siempre a remolque del anterior éxito de Shinkai, pero muy por encima de la media actual.

5- First Love

First Love

De la extensísima carrera de Takashi Miike poco se puede decir. Que tiene películas buenas y películas menos buenas. Pero todas poseen un elemento común: un autor libre divirtiéndose, haciendo lo que le da la gana. Hasta cuando tocan películas “serias”. First Love no entra en este último catálogo, pero por poco. La trama central, un boxeador mediocre se ve envuelto en un alocado entramado de mafias donde intervienen la yakuza, la Tríada y la policía, resulta algo insustancial. Pero no preocuparse: se trata de una mera excusa para que Miike exponga su repertorio habitual, de forma más mesurada. Al tratarse de una trama más o menos convencional, la película es más accesible que otros experimentos mucho más radicales de su autor, pero los que veníamos a ver una película de Miike no podemos sino salir satisfechos con el espectáculo. El humor slapstick marca de la casa se combina a la perfección con una trama que avanza a un ritmo frenético gracias a su ligereza (nada de la ampulosidad del cine coreano). Miike se las apaña para salir indemne de situaciones que, en manos de otros, habrían resultado ridículas cuando menos. Quizá le eche en falta mayor personalidad para acabar de disfrutarla del todo; sigo admirando más al Miike radical de Visitor Q o, incluso, de Yakuza Apocalypse. Pero el nipón tiene la capacidad de que sus películas, sean como sean, siempre apetezcan, siempre entren bien. Desde esa base, First Love es decididamente superior a la media.

4- La trinchera infinita

La trinchera infinita

La nueva película de los directores de Handia, esta vez formando una sólida terna, algo bastante poco común, traslada la acción del País Vasco a una Andalucía opresiva, descrita magistralmente a través de la puesta en escena, y nos narra la historia de un concejal republicano en un pueblo que, al estallar la Guerra Civil, se ve obligado a esconderse en un agujero de su casa. Parece ser que no fueron pocas las historias de personas que tuvieron que permanecer escondidas prácticamente media vida con temor a ser apresados por el régimen fascista. Topos, les llamaron. Al temor a ser apresado, se suma la paranoia tan bien retratada en la película a que cualquier persona del pueblo te pudiera delatar. Magistralmente interpretado por un Antonio de la Torre que, lejos de cansarse de ofrecernos trabajos impecables, aquí se supera, y por una Belén Cuesta que sigue demostrando ser una de las actrices españolas del momento (por momentos, incluso supera a su partenaire), los directores consiguen que nos interesemos por el devenir de los acontecimientos durante las, en ocasiones agotadoras, dos horas y media de película. El ritmo, no obstante, es bueno, trufado de escenas de tensión, pero también hondura en su tratamiento de los problemas de pareja y del universo interno de ambos. La evolución de la situación, en un principio desesperada y tratada en clave de suspense, deviene en kafkiana a medida que avanzan los minutos y no se termina de resolver. La película se ha podido ver envuelta en cierta polémica porque el marcado acento andaluz impide en ocasiones el correcto entendimiento del texto. En este sentido, creo que a La trinchera infinita le sienta perfectamente sacrificar un poco el entendimiento del texto (problema que se acaba solucionando a los 30 minutos una vez que se te ha hecho el oído) en favor de la verosimilitud y la cercanía. Sin duda, una decisión acertada de sus directores que prefieren una dirección de actores más naturalista a la habitual declamación teatral que, sin irnos muy lejos, hace que no me crea nada, como decía, a Mientras dure la guerra.

3- Lo que arde

Lo que arde

Ya son unas cuantas las películas españolas que están confirmando el 2019 como un gran año para el cine patrio. Dolor y gloria, La virgen de agosto, la propia La trinchera infinita y, también, Lo que arde, lo último del director de origen gallego Oliver Laxe. Como en sus trabajos anteriores, Laxe nos presenta un producto a caballo entre el documental y la ficción. Los límites son difusos, pero tampoco es necesario definirlos. Se trata de la historia de un hombre que sale de la cárcel tras cumplir condena por pirómano de montes en la Galicia rural, y regresa a vivir a la casa de su sufrida madre. Ambos personajes se interpretan a sí mismos. Su construcción es fascinante: él, un soltero de montaña (como lo describe el director), frágil, que sale de una prisión para meterse en otra, fruto del desarraigo, de la sensación de no pertenecer ya a ningún lugar, al menos en lo sentimental; ella, una mujer muy mayor pero contrastantemente fuerte. La mirada de Laxe es aséptica en su acercamiento a los personajes, algo distante, documentalista, pero busca la belleza en los pequeños gestos cotidianos, se recrea en las duras labores de esta gente de campo y es ahí donde encuentra su verdadera fuerza. La evolución de la trama encuentra un enlace orgánico entre costumbrismo y denuncia (en este caso, de la terrible situación de la Galicia asolada por los incendios), pero sin aspavientos, dejando que las rabiosas imágenes hablen por sí solas. El espectador no puede sino asistir hipnotizado a este mundo de belleza mágica que despliega Laxe, siempre apoyado en la espléndida y sufrida fotografía de Mauro Herce. El magistral tratamiento de la elipsis cinematográfica desemboca en un desenlace pesimista que, aunque se ve venir, es tan elegante como demoledor.

2- Parásitos

Parásitos

Flamante ganadora de la Palma de Oro, la sección Perlas del Festival nos trae la última película del coreano Bong Joon-ho, el que quizá sea su trabajo más maduro en una filmografía ya de por sí estimabilísima, en la que el coreano demuestra ser uno de los directores más creativos del panorama mundial. En Parásitos, una familia humilde en la que todos sus miembros están en paro, se las apaña para tejer una red de recomendaciones y conseguir empleo en la casa de otra familia rica mediante engaños. El despliegue narrativo y el trabajo de puesta en escena durante la primera hora de película son magistrales. Los actores están tiernos y creíbles en ese retrato algo marciano, humor absurdo y socarrón siempre presentes, de dos mundos completamente opuestos, que deviene en discurso político sin desentonar. Bong Joon-ho es capaz de transitar entre géneros de manera totalmente orgánica, y parte de la culpa lo tiene su excelente manejo del espacio fílmico. En este sentido, el coreano debería ser estudiado en todas las escuelas de cine. Sus planos rafaelianos poseen una tremenda riqueza de capas; el estudio de los elementos de la escenografía está muy medido, haciendo que, según conviene, formen parte de la narración o sean mero decorado; y los movimientos de cámara, elegantes pero al servicio de una comicidad muy personal. Lástima esa tendencia al exceso habitual en el cine coreano que lleva a Joon-ho a estirar de más su película, por la vía de la ampulosidad y el trascendentalismo exagerado. Empaña algo el resultado final, pero el viaje merece mucho la pena.

1- El faro

El fato

Llegamos por fin a la joya del Festival en la que será probablemente una de las mejores películas del año. El faro, nueva película de Robert Eggers tras el éxito de La bruja, cuenta esta vez la historia de dos fareros atrapados en su isla en una suerte de situación buñuelesca. La película posee un aroma especial, sobre todo en su clara evocación a Lovecraft por la vía del homenaje formal al cine mudo y al cine gótico clásico, de forma similar a como lo haría la pequeña película La llamada de Cthulhu. En este sentido, el formato elegido no solo es empleado para describir con más precisión lo claustrofóbico en el relato, porque eso se puede conseguir por otros medios también, sino para aportar un aroma especial a la cinta. Y si de algo anda sobrado El faro es de eso tan difícil de describir como “atmósfera”. El diseño de sonido (la banda sonora en general) es magistralmente subyugante y trabaja en esa dirección. Por otro lado, tenemos un duelo actoral de primer nivel, como hacía tiempo no lo veía, que unido a un manejo de los espacios como elemento alienante de los individuos especialmente intenso, te mantienen pegado a la butaca, hipnotizado, temeroso de lo que va a suceder a continuación. Los ligeros toques fantásticos, así como sus golpes de efecto, están bien medidos y orgánicamente dispuestos a lo largo de la cinta. La espiral de locura de los personajes está descrita con furia e interpretada con rabia; tanto Willem Dafoe como Robert Pattinson son dos actores que me encantan y me es imposible quedarme con uno en este caso. Contrasta la cadencia pausada del autor, muy al estilo de lo que veíamos en La bruja. A pesar de ese ritmo en apariencia moroso, la película avanza con virulencia, se cuela por las rendijas casi sin que nos demos cuenta. La estructura narrativa, similar a la de aquella película, es un desagüe por el que los hechos desembocan indefectiblemente hacia el horror, final valiente y magnífico. Como La bruja, desde ya, clásico instantáneo.

Carlos R. Hervás

Quien a hierro mata

quien a hierro mataNo se puede decir que no considere a Paco Plaza un director con ideas personales. Allá por 2007, y junto a su compañero Balagueró, revolucionó el anquilosado panorama del terror español con la ingeniosa REC e incluso supo insuflarle vida a la saga cuando esta parecía herida de muerte con su más que digna tercera entrega, esta vez en solitario tras la cámara. Incidiendo en el género, considero a Verónica, su anterior película, otro trabajo loable de traslación de un paradigma foráneo a la realidad patria. En cualquier caso, el elemento común era, como digo, un universo más o menos personal en cuanto a manejo y exploración de las zonas oscuras. Por el contrario, no podríamos encontrar la sutileza o la elegancia entre sus principales virtudes.

Quien a hierro mata es, por desgracia, un catálogo de los peores tics de su autor en un género en el que no termina de parecer a gusto: el del thriller. Todavía tenemos trazas del buen Plaza, véanse un ritmo más o menos correcto (aunque irregular: decae hacia el final), preferencia por la sombra (en su más amplio sentido de la palabra) y ganas de ofrecer un producto más o menos personal e impactante. Poco más.

Quizá sea porque, al contrario que en éxitos anteriores, el guion no es suyo, empero, no debería ser este un problema con el aval de Guerricaechevarría a la pluma. No obstante, en la espiral por ofrecernos guiones tramposos y facilones en la que el afamado escritor lleva prácticamente 10 años sumido, encuentra en Quien a hierro mata un producto meramente alimenticio, sin atisbo de originalidad. Tras el éxito de las diversas series sobre narcos, con Fariña como ejemplo más inmediato, no se puede decir que volver al tema, misma localización, historia de venganza mediante, sea una decisión arriesgada. Más aún, el guion se gusta, sabedor del público impresionable a quien se dirige, y es ahí donde se le ven las costuras, donde comienzan los giros inverosímiles, las decisiones precipitadas. Pecados a los que se suma la previsibilidad de la que adolece la película prácticamente desde sus primeros compases.

A pesar del encomiable trabajo de los actores protagonistas, sobre todo de un contenido Luis Tosar (sin alardes) y del fallecido actor de teatro Xan Cejudo (de lo mejor de la cinta), los personajes, construidos mediante clichés perezosos (la pareja con embarazo, el jefe narco con templanza, el hijo narco ambicioso, el hijo narco inestable…) parecen salidos de una telenovela barata. Concretamente, los dos hijos del narco, encarnados por actores entregados pero con exceso de histrionismo (ganas de impactar en simbiosis con las del guion), rayan la caricatura. Convencerán a los académicos y les auguro muchas nominaciones.

Son innumerables las películas en las que un guion no demasiado pulido u original es sublimado por una dirección estilosa y con pulso. Tampoco es el caso. El trabajo de puesta en escena es pobre y plano. La sucesión de localizaciones es reiterativa, cuando no algunas decisiones se sienten improvisadas (ejemplo de la escena comprando droga en la puerta de un bar), y la cámara no siempre está donde pareciera mejor. En las escenas de acción es donde más se le ven las costuras a Plaza: uno de los tiroteos más ridículos que recuerdo y una de las persecuciones menos emocionantes en mucho tiempo (por no ser injustos del todo, y no yéndonos muy lejos, recomiendo comparar esta persecución con la de la reciente El reino). Mención especial al confuso trabajo de montaje durante esta última escena, donde la tijera trata de tapar algún que otro problema logístico y de situación, y a la horrenda estética que huele a serie Z de los innecesarios flashbacks.

Como la película parece concebida de atrás a adelante, voy a acabar reconociendo algunas virtudes más, comenzando precisamente por el último plano, potente, y que ahonda en el mensaje principal de la película con mala baba. No justifica la ausencia de talento evidenciada durante el desarrollo de la trama, pero la salva un poco. También, en cuanto al apartado técnico, destaca una fotografía sombría que se adecúa perfectamente a las aristas de la historia y, sobre todo, la partitura de Maika Makovski.

No hace mucho reflexionaba sobre el machismo en la industria cinematográfica, haciendo hincapié en que existen dos trabajos en los que es aún más evidente la ausencia de mujeres. Uno de ellos es el de composición musical para cine. Así pues, y siendo además esta parcela una de mis predilectas (deformación profesional, qué le vamos a hacer), celebro la presencia femenina en una película de gran proyección, y más aún cuando la atmósfera musical me parece lo más destacable de la película. En la partitura predomina por sobre los demás timbres el sonido de la zanfona, que cumple una doble función: de descripción y ambientación, se trata de un instrumento típicamente gallego; y alegórica-anímica, pues el hipnotismo conseguido mediante las melodías circulares y los sonidos mantenidos de las cuerdas bordonas ahonda en la idea de inevitabilidad del relato, coadyuva al mismo a crear sensaciones de nostalgia, vacío, tensión por momentos y, en definitiva, a hacer más claro el mensaje de la película: la violencia engendra violencia y el mal llama al mal. Tampoco es una conclusión muy ingeniosa para los estándares del subgénero, en cualquier caso.

Carlos R. Hervás

Pokémon: Detective Pikachu

Pokémon detective pikachuHace más de 20 años que los monstruitos de bolsillo pululan entre nosotros. 20 años de una saga exitosa de videojuegos que, a día de hoy, sigue tan en forma como lo estaba con el lanzamiento de sus ya famosas ediciones para Game Boy. Sirva el más o menos reciente éxito mundial de Pokémon Go para corroborarlo.

Algunos, entre los que me incluyo, hemos crecido con la franquicia. Una franquicia que iba mucho más allá de los videojuegos (animes, juegos de cartas, ropa…). En mi caso, el interés siempre se ha circunscrito casi exclusivamente a los videojuegos. Videojuegos que suponían toda una revolución en lo que a jugabilidad se refiere. Siempre los he defendido como una saga RPG buena, imaginativa, bien hecha y, sobre todo, entretenida. Su mecánica de RPG clásico mezclada con el coleccionismo no ha sido superada a día de hoy.

Era cuestión de tiempo que algún estudio se encargase de una vez de realizar un live-action sobre una franquicia que no ha parado de crecer año tras año. Desde luego, el material base es extenso, rico y versátil.

Pero, no nos engañemos, también altamente infantil. Quizá la saga ha crecido en cantidad, pero su cualidad principal sigue siendo la misma. Su público objetivo, también. El problema es que nosotros crecemos pero la saga no lo hace con nosotros. No de la misma manera. Y ese no es un problema menor.

Porque aún me veo capaz de disfrutar de la última entrega de los RPG: su jugabilidad permanece intacta y las novedades siempre son las suficientes como para seguir entreteniendo. Ahora bien, la parte narrativa me parece absolutamente inane. En este sentido, la película es una fiel adaptación: toma el vasto imaginario de los videojuegos y lo monta sobre un argumento típico de los mismos.

Y si la base de la película es un argumento infantil, plano y prescindible, ¿qué nos queda? Busco destellos de imaginación, pero solo encuentro un guion perezoso. Busco acción vibrante, pero solo encuentro una persecución chorra, un combate tontísimo y una supuesta traca final en la que nada funciona.

El acierto de la película se circunscribe única y exclusivamente en los diseños por ordenador de los pokémon: lucen todo lo bien que deberían (y no es poco, en una época de horrendas adaptaciones tipo Sonic). Pero la sorpresa se queda en el tráiler.

A partir de ahí, todo es un desastre. Un desastre artístico, con una mezcla de humanos y pokémon hortera, aunque solo fuera en el mero plano visual. Un desastre técnico, con un sonido tremendamente suavizado; echo en falta mucha más contundencia. Un desastre de partitura musical, pésima y sin personalidad, desaprovechando una ocasión de oro de remezclar o reorquestar los temas clásicos de la saga que sí que son potentísimos (tema de los créditos finales aparte). Un desastre actoral, con total ausencia de carisma; ni siquiera se salva un Ryan Reynolds cuyos chistes sin gracia están dirigidos a niños de 10 años (acaba resultando estomagante) y cuyo cameo no podría ser más anticlimático.

La emotividad está impostada. En una película cuyo planteamiento base hace que no te la puedas tomar en serio, es imposible epatar. Constantemente se apela a sentimientos muy básicos como el amor padre-hijo (mal desarrollado) o la amistad chico-chica adolescente que se sabe acabará en tímido romance, por supuesto atropellado y sin interés alguno. ¿O acaso a alguien le interesa esta previsible unión de sendos mancebos desapasionados, con los tics habituales del cine para niños? Supongo que a los niños. Y sospecho que, en muchos casos, ni siquiera.

Quedan acaso los guiños a la saga (y no son tantos), pero su interés se diluye cuando quedan al servicio de un guion tan tonto. Sobre todo cuando los referentes son a ítems como Pokémon: la película (1999), de características muy cercanas a esta nueva obra. Aunque al menos aquella tenía el mérito de llegar primero.

Ni siquiera puedo extraer la conclusión final de que lo que falla pueda ser mi mirada, pues existen multitud de obras dirigidas a los niños que cualquier adulto podría disfrutar (sirvan los estudios Pixar y Ghibli como paradigmas). Más aún, en un cine atestado de su público objetivo, acabo con la sensación de que ni entre los chavales termina de funcionar del todo. En la sociedad de la inmediatez, Pokémon: Detective Pikachu es carnaza para el olvido. Esta vez, bien merecido se lo tiene.

Carlos R. Hervás

Premios Óscar 2019 (nominadas)

Como sea que año tras año la ineludible cita con los premios cinematográficos por excelencia reúne toda la atención mundial en torno a sí, con una muestra de lo más destacado del cine estadounidense comercial, estrenamos este especial dedicado a repasar las películas nominadas al premio Óscar a la mejor película. Fuera quedarán los (a veces oportunos) debates sobre la importancia (verdadera o relativa) de estos Premios. Debate que queda casi invalidado per se desde su propio origen.

Estas son las películas nominadas, de peor a mejor:

8- BLACK PANTHER

black Panther

Sin duda, el mejor argumento en contra de estos Premios: cuando una película se cuela en las categorías principales más por el músculo de su productora que por su calidad real. La campaña de Disney ha sido brutal, y los académicos (no me corresponde a mí elucubrar por qué) han acabado aceptando que esta debía ser una película nominable.

Da igual que a la postre sea una película más de súper héroes, sin mayor novedad que una presunta temática racial, de tímida y superficial que se huele oportunista. Habrá quien piense que todo esto es secundario en una película de súper héroes de estas características (o acaso un añadido que solo puede enriquecer el guiso), y que lo que se le tiene que pedir es entretenimiento y calidad en la acción. Entonces, ¿por qué nunca estuvieron nominadas otras mejores como Los vengadores o incluso Los guardianes de la galaxia?

Y este es su mayor defecto: que ni la acción es buena, ni la dirección es tan firme como la de aquellas, ni posee el mismo ritmo, ni los personajes el mismo encanto. De hecho, prácticamente todo es fallido en esta película. Visualmente no se puede ser más hortera; la historia es la misma de siempre, pero ambientada en otro sitio; nadie posee el más mínimo carisma, ni el personaje principal, ni la gran mayoría de secundarios (algunos de los cuales, como el personaje de Martin Freeman, son de lo más lamentable, por inane, que recuerdo), por no hablar del antagonista, que olvido nada más acabar la película.

Al final, tenemos un producto autocomplaciente que se nos ha vendido como una cosa que, en el fondo, no acaba siendo, y que lo que debería de ser, en la forma, tampoco es. Ni siquiera la nominada banda sonora, previsible fusión orquestal con sonidos de instrumentos y cantos africanos, omnipresentes calimbas, mejora en algo el cóctel.

7- HA NACIDO UNA ESTRELLA

Ha nacido una estrella

También podría ser discutible cuánto de oportunista hay en recoger una historia de éxito ya contada, en este caso no una sino varias veces, y volverla a contar de nuevo. Desde luego, no seré yo el que tenga problemas con los remakes, siempre que estos sean un medio para aportar cosas nuevas, sea desde el aspecto formal, sea desde la actualización de los discursos.

En este sentido, la cinta de Bradley Cooper sale bien parada. Valoro positivamente la puesta al día de la película, tanto desde el punto de vista netamente musical (las canciones de Gaga funcionan), como incluso del visual, pues las personales soluciones visuales son todo lo efectivas que pueden ser. La cámara acaricia a los intérpretes cuando comparten escena, funciona tanto en el ámbito íntimo como transmitiendo la emoción del directo sobre el escenario (Bohemian Rhapsody podría aprender de ella), y padece el dolor de sus personajes cuando estos se hallan al límite.

En el ámbito actoral, Lady Gaga se adueña de la función de calle. Los narcisistas intentos de un Cooper empeñado en llevarse el relato a su personaje solo la empañan, hasta el punto de volverse tediosa, repetitiva y, por momentos, interminable.

Efectivamente, y por desgracia, el montaje no está a la altura y la sensación de tedio acaba fagocitando el filme, incapaz de aportarnos gran cosa en su segunda mitad. Nos queda, eso sí, un desenlace resuelto con extraordinaria elegancia y sensibilidad, que redime en parte a una película condenada al olvido.

6- EL VICIO DEL PODER

Vice

El director Adam Mckay vuelve a ver nominada su última película tras el afortunado periplo con la oscarizada La gran apuesta, película en mi opinión totalmente fallida. Como debe ser que hay gente en la academia que le ríe las gracias, McKay regresa al mismo formato para contarnos una historia que, en esencia, también es similar.

Ambas hablan de personajes de ambición y sin escrúpulos, que se han hecho a sí mismos a base de pisotear a los demás. Pero el didactismo de McKay molesta. Recuerda a Roger Moore: igual de pedante, pero sin gracia; formato semidocumental, pero teniendo que aguantar la pantomima artificiosa.

Por suerte, en este caso, existen diferencias fundamentales entre las dos películas: mientras que la amorfa La gran apuesta llegaba tarde, lastrada por la reciente presencia de una película eminentemente superior en todos los sentidos (El lobo de Wall Street), El vicio del poder se siente como un relato del pasado cuya temática se mantiene fresca y oportuna en la actualidad. Mientras que en aquella imperaba el histrionismo en los personajes, en esta, un Bale mucho más contenido y convincente es la figura principal en torno a la cual se articula el relato.

La estructura elusiva aporta originalidad a la forma, aunque particularmente no me termina de convencer. La sensación de artificio no me abandona, siento que la película me está pidiendo a gritos una complicidad que no termina de conseguir. Los constantes codacitos se me atragantan.

Al final, quedan unas entretenidas interpretaciones, entre las que por supuesto destacan un Christian Bale que se ha rendido a la moda de la mascarada oscarizable (Gary Oldman), pero también Amy Adams, cuyo personaje es probablemente el más rico de toda la película. Sin ella, no nos quedaría gran cosa.

5- BOHEMIAN RHAPSODY

Bohemian rhapsody

El fenómeno de la temporada es quizá un rara avis en esto de las nominaciones: una película que habría pasado totalmente desapercibida por la temporada de premios, a tenor de la fría recepción crítica tras su estreno, de no ser por el tan masivo apoyo popular y de la acertada campaña de su productora, Bryan Singer aparte.

El éxito es sorprendente, si atendemos a la calidad intrínseca de la película, pero fácilmente explicable: el material abordado es un caramelo. Probablemente no hay banda en el mundo más unánimemente disfrutada que Queen (más diría incluso que The Beatles). Por tanto, era muy muy difícil no conseguir un éxito rotundo como el que han conseguido, a poco que se hiciera un producto medio potable.

Pero ese es el problema: que es un producto, y que es solo medio potable. Es un producto porque los creadores parecen más interesados en meter canciones de éxito de la banda y momentos musicales varios que en contarnos una historia (saben que esto les basta a muchos), lo que es casi un descaro oportunista. ¿Alguien acaso se ha preocupado realmente de buscar una película tras la historia (no tan interesante) de Queen? Y es solo medio potable porque, a pesar de sus aciertos, que los hay, el deficiente guion y un aspecto visual demasiado descuidado (fea fotografía, horroroso croma en el clímax final) lastran sobremanera a una película que camina constantemente en la cuerda floja, entre el homenaje por el homenaje y la emoción propiciada por el material de base.

En este caso, me quedo con la sutileza con que se aborda la homosexualidad de Mercury y, sobre todo, con una interpretación principal absolutamente hipnótica de Rami Malek, que se echa encima una película mediocre, salvándola del infierno al que suelen caer relegados la gran mayoría de biopics. A pesar de todo, la película merece la pena sobre todo por él.

4- INFILTRADO EN EL KKKLAN

Blackkklansman

La reivindicación racial necesitaba de una mejor representante en esta categoría que Black Panther. Por suerte, por aquí anda Spike Lee para traernos esta cinta sin complejos y con muchísimo más oficio que ese producto prefabricado.

Infiltrado en el KKKlan se disfruta sobre todo por lo desprejuiciada que es. Spike Lee se sabe de vuelta y media y le da igual que le acusen de falta de sutileza o de ausencia de complejidad en su mensaje: él prefiere gritar alto y fuerte, sin concesiones. Y vaya si lo hace. Por el camino, algunas soluciones visuales brillantes: durante el discurso de Kwame Ture, la comunión de rostros superpuestos sobre un tenebrista fondo negro; o el montaje simultáneo de dos arengas antagónicas, hacia el final.

El exceso de discurso en la película es sin duda un lastre, pero también una característica de personalidad. Lo que la hace digerible es que Spike Lee no se olvida de ser divertido, de aportar ritmo a su narración. Se palpa verdadera tensión durante las incursiones de Adam Driver en el Ku Klux Klan, sin abandonar nunca el humor. Sus chistes sobre el grupo racista son unidimensionales, pero tampoco creo que fuera necesario aportar riqueza a semejantes seres. Ni desde luego es la intención de Lee.

Eliminada toda pátina de forzada complejidad, nos queda una película gamberra, dinámica, con un interesante apartado musical y unas actuaciones solventes. Sobraba, eso sí, el epílogo que conecta la realidad actual con la trama del filme, si bien el propio Spike Lee manifiesta haber hecho la película a raíz precisamente de esos mismos hechos que se muestran en pantalla. Cine denuncia en su más concisa (y limitada) versión del término.

3- ROMA

Roma

Está claro que si Bohemian Rhapsody ha sido el fenómeno del año para el público, Roma lo ha sido para la crítica. Ciertamente no es para menos: vuelve Alfonso Cuarón, uno de los mexicanos con más talento de su generación, y lo hace con su particular estilo para narrarnos una historia basada en su infancia.

Roma funciona como un reloj suizo en que todos sus elementos se hallan perfectamente engrasados. La preciosa fotografía en blanco y negro, evocadora de un pasado que se recuerda casi átono. Los actores, algunos no profesionales, resultan (quizá por eso mismo) absolutamente creíbles. El objetivo de Cuarón moldea el encuadre siempre de la forma más bella y pretendidamente estilizada posible, con total dominio del espacio, demostrando que es posible aportar belleza plástica con un simple giro de la cámara, o tensa emoción con un trávelin. El guion aporta verdad a un relato en que la textura de los idiomas cobra enorme importancia, en el que las pequeñas cosas se hallan cargadas de significado, y las grandes cosas son tratadas con sutileza y máxima elegancia.

Por el camino, y como telón de fondo, una sucinta exploración de la historia del México de los 70, que sirve de excusa para acompañar a Cleo en su drama personal, contado con el cariño del recuerdo y la suficiente inteligencia para hacer de su historia la de muchas.

Su sinceridad es admirable; su belleza, abrumadora. El lenguaje visual de Cuarón, como ocurría en Hijos de los hombres y, sobre todo, en Gravity, transmite una cualidad altamente humanista, lo que resulta totalmente adecuado en esta ocasión en que la historia tiende al intimismo. Cambio de registro del que Cuarón sale bien parado.

Por otro lado, el propio carácter de la historia narrada impide que esta tome vías más arriesgadas o excitantes, lo que me hace irla perdiendo en la memoria con el tiempo. Su ritmo también puede suponer un problema. Es una pena que una película tan apegada a las emociones humanas se sienta, al final, peligrosamente fría.

2- GREEN BOOK

Green Book

Para mí es sin duda la gran sorpresa del año. A tenor de su inicial premisa, y de la mayoría de los comentarios vertidos sobre ella, no esperaba sino un relato de predecible buenrollismo y mensaje mascado.

Pues resulta que lo es, sí. Pero que, a pesar de ello, Green Book funciona. Todo en ella es evidente y predecible: chófer prejuicioso pero de buen corazón que acabará redimiéndose poco a poco; compañero de viaje racializado que no soporta los rudos modales del chófer pero que poco a poco acabará queriéndole; una relación entre ambos en la que los dos acabarán aprendiendo cuál es el punto de vista del otro… Esa película ya la hemos visto muchas veces. Y además, nos adelantamos a ella. Quizá por eso resulte aún más milagroso que todo funcione.

El predecible humor funciona, en manos sobre todo de un Mortensen en estado de gracia (que venía de hacer un a mi juicio insoportable papel en Captain Fantastic). Ali también realiza el mejor papel que le he visto hasta la fecha, por sutil. Y ambos poseen toda la química que requería la historia.

El lenguaje narrativo de la película destila aroma a cine clásico, al de esos autores también poco sutiles en sus mensajes como Capra, pero a cuyos encantadores relatos me acabo rindiendo. La línea que separa lo encantador de la repelencia es muy fina, pero por suerte Farrelly, y en contra de todos mis temores, sale bien parado. Su apego a la sencillez se halla carente de cinismo; al contrario, Farrelly quiere hacer bien las cosas y encuentra en su forma de contarnos la historia el mejor vehículo posible.

1- LA FAVORITA

La favorita

En el lado opuesto a la sencillez de Green Book se halla el rebuscado y retorcido lenguaje visual de Yorgos Lanthimos. El griego ha ido forjando con el tiempo una voz muy particular, con preferencia por lo absurdo y por explorar el lado más oscuro de la condición humana.

La favorita lima la mayoría de sus defectos (algunos excesos que lastraban el metraje de El sacrificio de un ciervo sagrado) y profundiza en los aspectos más humanos y siniestros. El estilizadísimo lenguaje visual, con artificiales ojos de pez y grandes angulares, resalta la alienación espacial de los personajes, enclaustrados en un palacio asfixiante que están condenados a compartir. Al principio puede resultar ligeramente cargante y alejarte del relato; pronto se siente orgánico, puesto al servicio de lo que Lanthimos quiere contarnos, y ofreciéndonos una reflexión metalingüística en torno a unos personajes que nos son en esencia extraños, en tanto que extraño es también el pasado evocado.

La historia está cargada de empoderamiento femenino. No por algo sus tres principales protagonistas son femeninas. Pero, lo que es más importante, es que su feminidad ni es una cuota (se halla justificada por el relato) ni es una excusa, pues la película trasciende este asunto aportando una compleja personalidad a cada una de ellas. También, y casi sobre todo, cualidades negativas. Mención aparte merece el cuidado maquillaje: natural para las mujeres, totalmente artificioso y ridículo para los hombres.

El sutil humor negro también funciona, pero es de la mano de las tres magníficas intérpretes principales que se maneja con sutileza y credibilidad, cada una en su registro. Los duelos de vanidades y ambiciones resultan apasionantes en una cinta que explora los mecanismos del poder y cómo estos pueden conjugarse para generar procesos de autodestrucción. Cada una de las tres mujeres podría ser protagonista de su propia película, y en cambio sus historias convergen de forma natural, con la reina Anne interpretada por una Olivia Colman que huele a Óscar como núcleo irradiador.

Por poner algún pero, en determinado momento la cinta se queda sin mucho más que aportar y comienza a dar vueltas sobre sí misma. Pero el plano final resuena con fuerza, acaso como reflejo de la maldad intrínseca en los relatos de Lanthimos, o de una historia que es pasado pero que se reafirma en su doble condición tiempo-absurdo como reflexión netamente nihilista.

Carlos R. Hervás