Escuadrón suicida

Escuadrón suicidaCuando las expectativas ante una nueva película de la franquicia DC Comics están por los suelos (precedentes como la fallida Batman v. Superman: El amanecer de la Justicia no son nada halagüeños), solo cabe que el regusto final sea agradable, aun cuando el producto sea tan mediocre como este Escuadrón suicida.

La película tiene el principal mérito de hacerse lo suficientemente simpática como para hacer aguantar al espectador dos horas de Nada. Nada, porque David Ayer (que dirige y escribe) se quedó en la premisa, esto es, un conjunto de villanos que son obligados a la fuerza a hacer de buenos. El heterogéneo grupo que dibuja el guion es atractivo, y de hecho se va media película en hacerlo funcionar. Una vez puestos en faena, comienza el vacío.

El robo de ideas de aquí y de allá es casi sonrojante. Especial mención a 1997: Rescate en Nueva York, que es violada por una cinta sin fondo ni forma. Hay tantos problemas de guion que es difícil enumerarlos todos. Es previsible, se le ven las costuras por todos lados (lo de hacer aparecer a última hora un villano que no han descrito antes y a nadie importa, solo para probar que los explosivos son de verdad, es de una candidez impresionante), el grupo funciona de forma irregular, ausencia total de coherencia en la trama, de trama siquiera, de un conflicto dramático mínimo (lo de la hija de Smith no es un conflicto, sino una motivación totalmente contingente).

Desconozco de quién habrá sido la brillante idea de poner a Cara Delevingne de mala de la peli, pero hacía tiempo que no veía una cosa más horrenda. Ya no es solo fobia personal hacia su persona (que, mira, también), sino un problema de escritura (no interesa su personaje, tampoco su conflicto), interpretativo (también desconozco quién le diría a esa chica que podía actuar) y de diseño (¿se puede ser más hortera y oler más a digital que esa cosa que serpentea ridículamente allá por el final de la cinta?).

Apartado Harley Quinn: Margot Robbie, o por mejor decir, su personaje, se come la película ella sola. Gran parte del atractivo del grupo es gracias a ella. A pesar de que su humor es básico, su carisma es capaz de evitar el naufragio de la cinta. Smith es un elemento que añade estabilidad al conjunto, pero la brillantez parte del diseño del personaje de Robbie. Trabajo absolutamente plausible, tal vez lo único memorable.

Por el contrario, el Joker es un personaje que revolotea por la cinta sin rumbo. No es problema de la interpretación de Leto, que no es mala, sino de un libreto que no sabe muy bien qué hacer con él, ni siquiera darle forma. Mención aparte merece el actor de doblaje en la versión española, cuyo trabajo mezcla matices del De Niro de El cabo del miedo con Mariano Rajoy. Muy loco todo.

Terminemos alabando el ritmo en el guion, que permite un entretenimiento moderado, reseñable ante tanto despropósito sobre el que se apoya. Insisto en la capacidad de la cinta para resultar divertida porque hasta sus errores me divierten un poco. Lo diré: que no me durmiera, también es reseñable, porque las circunstancias me eran muy adversas.

Lo mejor: La cinta se las apaña para generar simpatía y divierte. Harley Quinn (pero que tampoco nos flipemos eh).

Lo peor: torpeza en la escritura, en que prima el brochazo gordo. Eminentemente incoherente.

Nota final: 5/10.

Carlos Rodríguez.

The Guest

The GuestEn esa línea “ochentista” en que parece imbuido cierto tipo de cine, de un tiempo a esta parte (como ya traía a colación hace poco, a propósito de Stranger Things), el talento de Adam Wingard parece uno de los más sólidos del panorama cinematográfico actual, o si acaso uno de los pocos que parece querer sumar ideas a esa corriente. Sus homenajes están soterrados y son elegantes, no cae en lo obvio o en lo fácil. Así era en su más que decente Tú eres el siguiente, en que el placer pulp más ochentero servía para hacer destacar el entretenimiento antes que cualquier tipo de pretensión altanera. Violencia por la violencia, sí, pero manejado con una habilidad, un ritmo y una gracia más que notables.

Con The Guest, esto parece quedar confirmado. Wingard construye una película con tonalidades cambiantes, que transcurre con un pulso firme y ritmo regular. Lo que más destaca es su creación del arquetipo, un personaje en torno al cual se articula toda la cinta. Si bien la construcción de Dan Stevens se apoya en demasía en la del Ryan Goslin de Drive, consigue esas notas inquietantes que no buscaba tanto aquel y que lo distinguen. Incluso logra mayor magnetismo. La película se nutre del notable trabajo de Stevens en un importante porcentaje.

El punto de partida es interesante, aunque el desarrollo de la trama es predecible. Se huele la tostada de lejos. Sin embargo, Wingard, siempre en colaboración de su guionista Simon Barrett, consigue inquietar, dosificando la poca información de la historia.

En una cinta tan carpenteriana, la coherencia en la trama parece no importar tanto. La dupla guionista acepta esto, a favor del ritmo y de la creación de situaciones más o menos memorables. Se consigue en parte, pero es verdad que cuando parece que la cosa puede naufragar, Stevens enmienda la plana. Algunas tramas secundarias parecen ser más que prescindibles, pero siempre acaba apareciendo por ahí ese “Visitor Q” para salvar los papeles.

No obstante esto, sí que noto una cierta caída de interés cuando la historia comienza a destaparse y todo se vuelve algo más rutinario. Mientras que las primeras escenas mantenían la intriga, la cinta comienza a adquirir unos tonos más convencionales y ya no interesa tanto.

Por suerte, en el último tramo, para la destrucción del arquetipo, Wingard decide homenajear al Maestro y su Halloween, y la película vuelve a elevarse. Esta última escena me parece de lo mejor de la cinta. No solo está rodada con un hipnotismo muy logrado (del que ya no solo Stevens tiene la culpa), sino que la conjunción música-imagen es la más interesante de toda la película; el tono, que muta decididamente al slasher, añade notas refrescantes al conjunto; y adquiere una fuerza visual notable. Aquí es donde huele a sincero el homenaje, que se mantiene hasta la resurrección del arquetipo, convertido ya en mito, justo como hiciera Carpenter con aquel Michael Myers inmortal.

Por el lado negativo, ni las subtramas tienen el nivel pretendido, ni se alcanza la profundidad que sí posee aquel uno de sus modelos (al menos, podemos considerar Halloween como una de las pocas películas de Carpenter con algún tipo de subtexto evidente y de cierta profundidad), ni los secundarios están demasiado a la altura. No olvidemos que Maika Monroe nos regaló aquel mismo año otra película de similares intenciones formales pero de resultados decididamente mejores (It Follows). No es justa la comparación, pero sirva para comparar dos trabajos de la misma actriz para notar que el de aquí, deja que desear, posiblemente por culpa de una escritura insuficiente.

Son minucias. Aunque la película no es perfecta, es superior a la media y gustará a la mayoría. Un placer culpable que no conviene dejar pasar.

Tras el talento desplegado en The Guest, solo cabe esperar un resultado similar o mejor para su nueva y esperada Blair Witch, un encargo peligroso en el que verdaderamente deseo que Wingard no naufrague. ¿Sería mucho pedir tenerla en el Sitges de este año? Ojalá.

Nota final: 6.5/10.

Carlos Rodríguez.

Black Mirror (1ª temp.)

Black MirrorAllá por 2008, el señor Charlie Brooker nos regalaba una brillante serie que de alguna forma revolucionaba el panorama británico al combinar de manera más que inteligente la sátira social con el cine de terror y la comedia. Su tratamiento del terror buscaba también la comicidad desde su alocada premisa, pero al revestirla de hecho plausible, se convertía en un divertido aguijón de mucho mayor alcance y calado. Esta serie era Dead Set: Muerte en directo, y jugaba a imaginar cómo sobrevivirían los habitantes de la casa de Gran Hermano a un apocalipsis zombi. Una idea genial que daba un cierto giro de tuerca al típico cine social que tanto gusta en Reino Unido, como crítica esta vez al mundo de la televisión que convierte en zombis a los telespectadores, ávidos del consumo masivo de telebasura, repartiendo las culpas en ambas direcciones.

Sigue explorando estos temas Charlie Brooker en la celebrada primera temporada de Black Mirror, de incluso mayor éxito que Dead Set (que es más serie de culto que de masas), aunque de intenciones similares. Lo primero que sorprende es su formato, en que cada capítulo es una historia independiente con un reparto diferente, unificadas por una postura común satírica e irónica hacia las nuevas tecnologías, investigando cómo afectan estas en nuestras vidas, toda vez que somos más dependientes y están más imbricadas en todos los aspectos de nuestro día a día. El formato permite libertad creativa a la vez que hace práctico su visionado.

Comentaremos cada uno de sus tres episodios de manera independiente:

  • El himno nacional.

Black Mirror El himno nacional

El primero de los episodios cuenta como mayor de los méritos el partir de una premisa a priori cómica (y, oye, original) y otorgarle un tratamiento de drama realista. Con una comicidad punzantemente negra, se exhibe una sátira con unas conclusiones muy similares a las de Dead Set, aunque con un alcance más extenso, que llega no solo al universo periodístico y sus morbosos telespectadores, sino también a los políticos. Es envidiable la inteligencia en el tratamiento de los distintos tonos de la cinta, y posee un guion con un ritmo perfectamente medido, manteniendo así el interés constante todo el capítulo. Por desgracia, no consigue deshacerse de cierta previsibilidad en su desenlace, pero está escrito con tan mala leche que se le perdona. A destacar especialmente ese plano final, que pone la nota agridulce al conjunto y le otorga mayor calado.

  • 15 millones de méritos.

Black Mirror 15 millones de méritos

El segundo capítulo crea un mundo de ciencia ficción futurista distópico en que la tecnología mantiene completamente alienado al individuo, que ve seriamente mermado su sentido de libertad. Charlie Brooker entiende que este es ya un mal actual, y al disponer sus elementos de forma exagerada, evidencia unos males que acaso podrían pasarnos desapercibidos, por estar padeciendo ya esa alienación, de igual forma que la mayoría de personajes de la historia también creen ser libres porque pueden elegir el tipo de zapatos que le comprarán a su avatar.

Visualmente, es el episodio más rico, y destaca la utilización del espacio, como segundo de los elementos alienantes (junto a la ya citada tecnología), que mantiene a sus personajes atrapados en un universo limitado (para el observador), al modo de la Alegoría de la caverna de Platón, cuyo efecto es asfixiante y otorga empaque y personalidad al capítulo.

Por otra parte, su desarrollo es algo naif, no alcanza las cotas dramáticas de los otros dos capítulos, pese a que dispone una mayor cantidad de temáticas y elementos. Añádanse, la crítica a los realities tipo Got Talent. Además, su planteamiento inicial tampoco es del todo original, habiendo sido explorado ya antes por la literatura y la cinematografía en multitud de ocasiones, sin apenas añadir ningún ingrediente nuevo al guiso.

De nuevo, lo mejor, sus últimas escenas, bastante pesimistas y descorazonadoras. El enfoque de Brooker es cruel, con mala leche, y esto aúpa el episodio en su tramo final algún punto por encima.

  • Tu historia completa.

Black Mirror Toda tu historia

El último episodio plantea un futuro en que mediante un implante cerebral, somos capaces de grabar y reproducir nuestros recuerdos como si de películas se tratasen. Brooker explora las implicaciones personales y sociales de esta premisa mediante un drama doméstico más que contundente. Mucho más apegado al diálogo, el reparto realiza un trabajo bastante aceptable. En esta ocasión, el enfoque de Brooker es más intimista, y acaso por esto mismo más terrorífico, en tanto el avance tecnológico emponzoña casi sin que nos demos cuenta las relaciones íntimas entre las personas. Podría ser un implante cerebral de grabación de los recuerdos, o podría ser una simple aplicación de chat móvil con la última hora de conexión en funcionamiento.

Y claro, su visión es altamente pesimista, pero se comete la falacia de culpar a un agente externo de los males de la humanidad. Es evidente que una herramienta sofisticada como la que plantea el capítulo puede tener efectos nocivos en las relaciones de personas totalmente desequilibradas como las que dibuja su guion, como también lo puede llegar a tener un simple double check en la actualidad, pero es más una problemática de la psique y la naturaleza humana que de la tecnología per se.

No obstante, su desarrollo es altamente interesante, alcanza cotas dramáticas que no conseguían los dos capítulos anteriores, su suspicacia casi duele y sus revelaciones siguen cargadas de una mala baba muy característica.

Nota final: 6.5/10.

Carlos Rodríguez.

Stranger Things

Stranger ThingsEl nuevo pelotazo de Netflix. La fórmula del éxito parece estarse repitiendo profusamente estos últimos años: apelar a la nostalgia ochentera repitiendo métodos y temáticas del cine de aquella época.  El homenaje, como digo, tan sobado, ya comienza a oler a tramposo, por lo que hemos de buscar la calidad intrínseca y tratar de dejar de lado lo meramente accesorio.

En Stranger Things, un grupo de niños preadolescentes tratará de resolver el misterio alrededor de la reciente desaparición de uno de ellos. En la batidora, elementos del cine familiar fantástico y ciencia ficción de los ochenta: E.T., Los Goonies, Alien, Silent Hill, aderezados con el toque temático terrorífico de Stephen King.

El grupo protagonista de niños está razonablemente bien descrito, y los jóvenes actores consiguen que empaticemos. Por otro lado, tenemos una serie de personajes secundarios que cuentan con un peso específico muy importante en la serie: los adolescentes y los adultos. Los adolescentes (hermanos mayores de los niños), se nutren de una evolución interesante que no se sospechaba en los primeros capítulos. Adquieren importancia creciente, y sus actores demuestran considerable versatilidad. Bien.

El mundo adulto en cambio está bastante peor descrito. Por un lado, tenemos al jefe de policía, que tan pronto es el amo de la investigación y goza de una inusitada prudencia e inteligencia, como comete alguna estupidez que el benévolo guion se encarga de maquillar. Luego tenemos a Winona Ryder, madre del niño desaparecido. Lo intenta, pero su histrionismo me echa para atrás. Aquí veo más problema actoral que de escritura del personaje. Por último, tenemos a “los malos”, cuya construcción es desastrosa en todos los sentidos.

Este quizá sea uno de los mayores problemas de la serie: la irregularidad en la escritura. Es capaz de describirnos momentos verdaderamente conmovedores, como ese abrazo de los tres niños en lo alto del acantilado, de dosificar con precisión la trama y la tensión, como de resbalar estrepitosamente. En general, todo lo que tiene que ver con los científicos, me parece penoso. Hasta Matthew Modine está horrible en su horrible papel.

Por suerte, y aquí vamos con uno de los mayores méritos de la serie, nos regala uno de esos personajes potentes que te hacen el trabajo ellos solitos: Eleven, la niña más molona que he visto en pantalla en mucho tiempo. La joven actriz Millie Bobby Brown nos regala una interpretación solidísima y natural, que sorprende por una economía gestual de la que debería aprender Winona Ryder. Su personaje es central en la trama, desencadena toda la evolución del grupo infantil y acaba siendo el más memorable. Solo por ella, la serie ya merece la pena.

Sí, hasta su personaje tiene agujeros de guion, pero parten de lo mal que está descrito su conflicto en los laboratorios, a pesar de los continuos flashbacks explicativos. Tanto es así, que para rellenarlos haría falta una segunda temporada que ya espero.

Los hermanos Duffer realizan una dirección con sobrada elegancia, un trabajo de puesta en escena notable, con una fuerza visual que, sin desentonar nunca, ni buscar la filigrana pretenciosa, cumple con creces. Las escenas en la dimensión paralela añaden variedad y poseen una tensión bien medida.

El guion se articula desde el misterio de la trama, y no desarrolla apenas los subtextos. Si bien esto impide a la serie volar más alto (hay cierta vacuidad en la escritura), tampoco se echa en falta mayor profundidad, pues la historia, aunque ciertamente formularia y previsible, es lo suficientemente intrigante como para sostener el interés durante los ocho capítulos, y huye de una pretenciosidad que, tal vez, por el tipo de trama, habría sido difícil de encajar. En este caso, la fórmula funciona. No hay mucho que objetar en este sentido, pues.

La banda sonora, en la dirección y el sentido contextual de toda la serie, plantea un panorama tímbrico y sonoro basado en sonidos electrónicos de sintetizador. Las composiciones tienen un carácter más ambiental que temático, en un estilo más cercano a unos Jean-Michel Jarre o Vangelis que a Carpenter (que también es homenajeado, desde luego no en forma ni estilo). Por desgracia, no alcanza la brillantez de aquellos músicos. Los temas son olvidables, pobres. Incluso el propio tema principal de la serie. Echo en falta más fuerza en los momentos de tensión, o acaso mayor genialidad e inventiva en la partitura. Por otro lado, el ambiente sonoro se siente orgánico, no molesta, y está bien dosificado. Dejémoslo en correcto.

El season finale es emocionante, con una escalada de intriga precisa. Cumple las expectativas creadas, aunque, como casi todo en la serie, se resuelve demasiado fácil. No haré spoilers ni hablaré del sabor de boca que provoca el desenlace de los acontecimientos. Si la cosa continúa en una segunda temporada, como parece va a ser, espero que sepan resolver los problemas de guion y consigan una trama al menos tan interesante como esta. A ver si podemos superar el 7 raspado de ahora, porque, por lo que a mí respecta, me ha despertado simpatía.

Nota final: 7/10.

Carlos Rodríguez.

El Orfanato

El orfanatoPadeciendo como padecemos un panorama de estrenos tan árido como el actual clima castellanomanchego, hemos de aprovechar estos días para repasar viejos placeres culpables, que no habría momento de repasar en épocas menos ociosas, y para saldar algunas cuentas pendientes. Una de ellas era para mí la afamada El Orfanato, de las pocas películas españolas de terror en aparecer insistentemente en la mayoría de listados sobre el género (como el de Time Out, por ejemplo).

Podemos notar, ya desde esta su ópera prima, unas ansias exacerbadas de Bayona por tratar de huir de los clichés del cine patrio, buscando los lugares comunes de la filmografía del otro lado del charco, tanto desde el punto de vista técnico como estructural, estético e incluso temático. En este sentido, se viene enseguida a la mente un referente anterior que sobrevuela de principio a fin este pastiche, y que por desgracia para Bayona, es mejor: Los Otros, de mi por otra parte nada querido Amenábar.

En juego, elementos muy similares: dirección artística (el antiguo caserón…), una intriga parecida (basada en fantasmas, con niños de por medio) dosificada con cierto criterio, madre protagonista, fotografías casi clónicas…

El problema es jugar a ser otro y encima hacerlo peor. Porque su escritura es más blanda, las actuaciones no logran escapar de las afecciones habituales en nuestros actores, por mucho que Belén Rueda realice un loable intento de ser Nicole Kidman (que parece que a día de hoy perpetúa, botox mediante); la banda sonora compuesta por Captain Obvious, pese a que funciona en determinados momentos (los de mayor tensión), subraya de manera ciertamente molesta los sentimientos de los personajes y empalaga; la trama suena a ya vista mil veces, y en definitiva, no consigue sobrecogerme lo más mínimo (aun no entiendo bien ese miedo a la infancia que parece tan generalizado). También hay salidas de tono que, a mi modo de ver, afean el producto, como casi todo lo relacionado con la anciana.

El tramo de la médium es penoso, bastante innecesario, con una Geraldine Chaplin que pinta más bien poco en la película y sabe a cameo por el cameo.

A favor, un ritmo decente, inteligencia en el manejo de la tensión (aunque la historia no me interese nada, hay que reconocerle este talento), cierta fuerza visual demostrada en momentos puntuales, interesantes reminiscencias a Carroll y su Alicia que dotan de profundidad a la película, y alguna escena bien construida, como aquella en que, por el final, Belén Rueda juega con los fantasmas, o el descenso al sótano.

El final, dirigido por Mr. Emotional Porn, da vergüenza ajena, y el inmisericorde plano final demuestra cierto odio irracional hacia el pobre Fernando Cayo, que bastante tiene con intentar saber dónde leches está metido durante toda la cinta como para que encima la terminen con su mejor cara de compungimiento. De juzgado de guardia.

En definitiva, pese a que el señor Bayona lo intente, al final nada: le ha salido una película española. No voy a instarle a que lo siga intentando, porque me consta que lo ha hecho. Y lo ha seguido sin conseguir (Lo imposible). Ninguna gana de ver su siguiente e inminente estreno, en que parece seguir escudriñando las relaciones maternofiliales.

Nota final: 4/10.

Carlos Rodríguez